martes, 5 de septiembre de 2017

Luis Antúnez: Templo del horror

A la entrada del centro de detención de la calle Luis Antúnez,  en Las Palmas, siempre había un falangista viejo apodado “El Galleta”, que iba anotando en una libreta negra los nombres de las personas que iban a torturar, llegaban coches y camiones repletos de hombres y mujeres atadas, detenidos en distintos puntos de la isla, sacados de sus casas a golpes con la intención de asesinarlos directamente arrojándolos a pozos o simas, o torturándolos en ese lugar del horror para sacarles información, para violar a las mujeres o masacrar a los hombres hasta la muerte.

Desde la calle se escuchaban gritos y alaridos de dolor, incluso a la hora en que las niñas y niños iban o venían del colegio, sus madres trataban de evitar pasar por ese edificio cercano a la playa de las Alcaravaneras, pero muchas veces era inevitable, todo el mundo sabía que desde la noche del sábado 18 de julio del 36 allí se torturaba, se violaba, se asesinaba.

Una vecina llamada María Luisa del Toro veía desde la oscuridad de su habitación con la ventana casi cerrada el movimiento, el trasiego de los falangistas y guardias civiles sacando a cientos de republicanos a culatazos y patadas de los vehículos.

Esta mujer casada con un empleado del Cabildo y afiliado a Falange veía la dinámica de aquel templo del terror, no podía dormir porque escuchaba todo, incluso cuando colgaban con ganchos por los ojos a los hombres, los chillidos de las mujeres en las violaciones múltiples donde participaban falanges, guardias civiles y curas, los gritos de los niños cuando eran torturados en presencia de sus padres para conseguir que hablaran al ver el dolor de sus hijos, que delataran a sus compañeros, que dieran nombres, direcciones o el lugar de la isla, el punto exacto donde estaban escondidos para que no los mataran.

Luisa había aprendido durante varios años a identificar cada sonido, la respiración de los hombres torturados, el nivel de  la borrachera de los torturadores, el momento en que amontonaban los sacos de plátanos repletos de cuerpos, vivos o muertos para llevarlos a los puntos de exterminio y desaparición: la Sima Jinámar, la Marfea, los pozos de Arucas, Tenoya, Tamaraceite, Casa Ayala, Tinoca, Los Giles, Azuaje, Barranco de la Mina, Los Cernícalos…, las fosas en las fincas del Conde, de la Marquesa, de los terratenientes más criminales de la isla que cedían sus terrenos, camiones e infraestructura material y humana para la perpetración del genocidio.

La noche del domingo 24 de enero de 1937 cuando “Calcine” abrió la puerta de su casa se tropezó con las piernas de Luisa colgada por el cuello, en el suelo un charco de orines y la cara desencajada de la mujer. Su marido la trató de elevar para evitar el ahogamiento, pero llevaba horas ahorcada y una nota en la mesita de madera con la frase “No puedo más”.

El hombre se quedó arrodillado delante del cuerpo  colgado, maldecía a Falange, al golpe de estado, los crímenes, la brutalidad, las torturas, las desapariciones, sacó la pistola lentamente del cinto y se disparó en la boca.

La detonación se escuchó en el interior del centro de detención y tortura de la calle Luis Antúnez, por un instante se pararon las torturas, unos minutos de silencio, los falanges salieron a la calle, un guardia civil sacó su pistola, recorrió la acera hacia el sur buscando a quien dispararle, entró en la casa de Luisa y vio los dos cuerpos, cerró la puerta y en ese momento llegaba otro camión con nueve hombres y cinco mujeres con las manos atadas a la espalda, se reanudó la masacre.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura de Don José Cupertino Delgado Camposeco
sobre el genocidio fascista en Guatemala

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