lunes, 4 de septiembre de 2017

En aquel viaje infinito

En la oscuridad de Montaña Arena se escuchó un chapoteo y una figura gigante que se arrastraba saliendo del mar, habían pasado sesenta años desde que aquella tortuga Caretta Caretta había salido de los caparazón que había depositado su madre en la isla remota, recorrió medio mundo desde que empezó a correr hacia el mar huyendo de las gaviotas, muy pocas de sus hermanas llegaron a las frías aguas del sur de Gran Canaria, el resto fueron devoradas por las aves marinas que acechaban el momento de que salieran del huevo y excavaran en la arena buscando la orientación de las estrellas.

Había recorrido medio mundo internándose hacia las profundidades del sur de África, en parajes remotos en medio del Atlántico y el Pacífico, sobreviviendo a los ataques de inmensos depredadores como los tiburones tigres, el gran blanco y hasta de los cocodrilos de mar en los estuarios de Australia.

Los cuatro hombres evadidos del campo de concentración de Gando salieron de la pequeña choza de caña y palma para protegerse del frío de diciembre del 36:

-Es una tortuga boba- dijo Miguel Robaina maestro anarquista de Agüimes –Hace muchos años ponían huevos en esta playa hasta que empezamos a robarle los huevos, en Cofete nacen por millones-

Atanasio Cabrera, Juan Antonio Pérez y Santiago Ramírez se quedaron paralizados viendo las evoluciones de aquel ser gigantesco que lenta seguía avanzando ignorando su presencia, se acercaron y vieron las algas pegadas a su inmenso caparazón, cicatrices de ataques en lugares perdidos, hasta un pedazo de red de pesca en una de sus patas que Miguel le quitó con extremado cuidado y delicadeza.

La tortuga hizo un agujero con sus aletas, la arena volaba varios metros por la potencia, se quedó mirando fijamente a los hombres, parecía que le salían lágrimas de sus ojos ancestrales, una mirada mágica que parecía venir de una diosa de las profundices abisales.

Comenzaron a salir los huevos, cientos de huevos que la quelonio iba enterrando con una infinita suavidad, mientras los hombres se sentaron a su alrededor mirándola intrigados, Santiago amasaba un poco de gofio con agua salada, todavía no había amanecido y aquel espectáculo sería irrepetible, no entendían porque había vuelto cuando ya en las playas de la isla no se veían tortugas de ninguna especie, solo lejos de la costa cuando se divisaban desde algún barco de pesca que surcaba el eterno azul.

Atanasio interrumpió el éxtasis para avisar de que se veían luces de embarcaciones que venían de Pasito Blanco, no tenían hoguera encendida pero casi estaba a punto de salir el sol, por lo que corrieron a enterrarse en la arena, dejando solo un hueco para la caña agujereada por la que respirar.

La tortuga los miró, sintió que como sus futuros hijos aquellos seres de dos patas querían volver a la tierra, no enfrentarse con el peligroso océano, entendió sus miedos, vio desembarcar a hombres de azul armados hasta los dientes.

Varios falanges la agarraron por las patas de atrás cuando trataba de llegar al mar, su inmensa fuerza evitó que la retuvieran:

-Hay que darle la vuelta, pónganla boca arriba, traigan los machetes pa descuartizarla a esta hija de puta- dijo el jefe falangista José Tomás del Castillo, mientras trataba de desviar la trayectoria de aquel ser mágico.

Diez falanges y cuatro guardias civiles trataban de volcarla a la derecha para apuñalarla, pero el quelonio avanzaba arrastrando a los fascistas hasta llegar al mar y perderse en las profundidades a toda velocidad.

Los fascistas se quedaron en la costa, Antonio Quintero, el requeté de Carrizal, con un brazo roto, a lo lejos la vieron salir a la superficie y mirarlos curiosa y aliviada, ya sabía que jamás volvería a esa costa inundada de terror y muerte.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Tortuga boba en aguas de Florida EE.UU

No hay comentarios:

Publicar un comentario