martes, 5 de septiembre de 2017

La humedad, el amor, los besos en Matanuska

Rosario Barrios encendió la barrita de incienso nepalí mientras Roberto la rodeaba por detrás con sus brazos y la besaba el cuello, los dos se fundieron mientras en el equipo de música sonaba Loreena MacKennitt, su voz heredera ancestral, un olor a madre tierra salvaje se percibía en la vieja cabaña de madera en el corazón del bosque del valle de Matanuska, el remoto lugar al norte de Anchorage en el corazón de Alaska.

Afuera nevaba copiosamente y se escuchaban los rugidos leves del glacial como cada otoño, en la ventana chocaba la nieve liquida, golpeaba el granizo, un agua limpia que caía del cielo corría como un manantial eterno por el techo de la madera sagrada, la que adoraban los indios Tanaina habitantes originarios y extinguidos de los margenes del río arenoso Susitna.

Se amaron un día más, una noche más, cuasi eterna, hablaron entre besos y caricias de las lejanas islas perdidas cercanas a la costa africana, el archipiélago de los dragos y las puestas de sol, el lugar lejano de donde vino Rosario con apenas seis meses de edad con su abuelita Matilde Rojas, tratando de escapar de los últimos coletazos de la dictadura franquista, de la infernal persecución por ser madre de dos hermanos miembros del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (F.R.A.P. ).

Roberto Weinling viajó cuando todavía no llegaba a los cinco años, huyendo con su madre de la criminal dictadura del general Augusto Pinochet, después de que desaparecieran a su padre José Eduardo en el Estadio Nacional de Chile, dirigente estudiantil de la Universidad Católica.

Estaban solos en aquel rincón del planeta, no tenían familia ni contactos con sus lugares de origen, ella solo guardaba las cartas de su padre desde la cárcel del Puerto de Santa María, el libro de Manolo Alemán “Psicología del hombre canario”, que se había leído doce veces, una pintadera de barro heredada de su abuela que siempre llevaba en el cuello. El muchacho cuatro discos de vinilo de Víctor Jara, los “20 poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda, una cinta de casete con parte del último discurso de Salvador Allende desde el Palacio de la Moneda antes de ser asesinado por militares fascistas.

Se miraron entre la mantas de lana y parecían verse reflejados en los ojos, ella habló en castellano, todavía mantenía el acento canario heredado de su abuela, él un español con acento francés.

Cuando se amaban nunca hablaban en inglés, lo dejaban para sus trabajos como veterinaria y médico rural, aquel momento mágico les hacía brotar los tiempos breves de su infancia, instantes no recordados pero sentidos en lo más profundo de sus corazones.

Cesó la lluvia y se escucharon las carreras de una manada de lobos, algunos aullidos desde que el pequeño sol se perdió en las montañas lejanas del horizonte, la ventana empañada por la pasión, un frío que se incrustaba en el alma y que el fuego vital de la chimenea aplacaba, una hoguera roja que cuando la miraban un buen rato eran capaces de imaginar lugares comunes, rostros antiguos, familiares, caras y voces que nunca conocieron, el aroma del recuerdo, la tempestad insurgente de los sueños.

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Luna llena en la montañas de Matanuska (Alaska)

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