miércoles, 6 de septiembre de 2017

La sonrisa petrificada

Carlos Delgado se despertó en la celda de la prisión de Barranco Seco, todavía no había salido el sol, era imposible saber la hora, quizá las cuatro, las cinco, decenas de siglos antes de amanecer, varios compañeros de encierro estaban amontonados sobre sus piernas que tenía paralizadas, dormidas porque la sangre no fluía, la circulación interrumpida por la masiva presencia, la masificación en un espacio para cuatro donde había treinta presos, en su mayoría comunes, los políticos eran pocos, en transición para las cárceles de la península, el Penal de El Puerto de Santa María, La Modelo en Barcelona, Ventas en Madrid, cualquier destino alejado de la isla de Gran Canaria, de los años de lucha clandestina veinte años después del genocidio fascista.

Miraba al techo, pensaba en Magüisa, la pobre no se sabía que había sido de ella desde la noche en que los detuvieron en el chalé abandonado de Tafira Alta, los golpes de la Policía Armada, los porrazos en su cabeza, la imagen de la muchacha arrastrada y semi desnuda metiéndola a patadas y puñetazos en el jeep de los grises.

Le vino a la mente las noches de amor en la cueva del fin del mundo en Tamadaba, cuando se iban de acampada y se encontraban con los camaradas de la célula, fingían un asadero ante la tenue hoguera, asaban chorizos argentinos, bebían ron Guajiro y hablaban de las próximas acciones, de la importancia de lanzar los panfletos en el momento justo que la UD Las Palmas marcará un gol ante el Real Zaragoza, la estrategia de colocarse varios en la “grada curva”, otro grupo reducido en “la naciente”, dos en preferencia cerca del palco donde estaba el criminal fascista Eufemiano Fuentes, el presidente del Cabildo Matías Vega Guerra, el jefe falangista de acción social Francisco Rubio Guerra, la siniestra familia Rosales de Arucas, el conde de la Vega Grande, junto a otros miembros de la oligarquía que presenciaban cada partido en un Estadio Insular abarrotado de público.

Los besos de Magüisa le rozaban los labios si cerraba los ojos entre los ronquidos de los presos, la primera vez, su primera vez, cuando el frío de la Cueva del Zapatero, mas allá de la Fuente del Reventón, los hizo pegarse para calentarse con el calor de sus cuerpos, como ella temblaba, como su corazón parecía salírsele del pecho, la piel, los pechos de la muchacha en su estómago, besos apasionados, lenguas reconocidas, saliva, el olor de la magia, mientras se escuchaban los truenos en las montañas de La Aldea de San Nicolás, la sensación mágica de dos cuerpos enredados, fundidos en la seguridad de un lecho de pinocha, alejados de la represión, de las detenciones, de las torturas, de la persecución, del miedo a ser desaparecidos como ya habían hecho con cinco mil compañeros y camaradas desde el golpe de estado fascista del 36.

Amaneció y los carceleros golpearon las puertas, había que levantarse y formar en el pasillo para el recuento, Carlos tenía una leve sonrisa inidentificable, clandestina, insurgente, que solo podía compartir con su interior, sabía que esa mañana se lo llevarían, que el barco tardaría días en llegar a la costa peninsular para ingresar en la cárcel condenado a cadena perpetua, siguió sonriendo, nadie lo veía, nadie lo sabía era su más íntimo secreto.

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Presos del franquismo en el Penal del Puerto de Santa María

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