domingo, 10 de septiembre de 2017

Sembrando futuro

Cuando la vio llegar al bar del Poniente se le pareció a Frida Kahlo, su cinta en el pelo negro y la media sonrisa, al levantarse para besarla le dio un mareo, se le tambaleó el mundo, pero mantuvo el tipo, cuando la muchacha le dio un abrazo que le devolvió el equilibrio, pidieron dos cervezas con unos manises.

-Cuanto tiempo sin verte muchacha ¿Qué ha sido de tu vida desde que nos vimos en el Puerto de la Luz?

Adassa lo miró sonriente y no contestó solo le tomó la mano y se la apretó con suavidad, José Ramón González sintió su ternura, como una especie de energía gratificante y sanadora que le recorría el cuerpo de los dedos de los píes a la cabeza.

Se pasaron varios minutos solo mirándose mientras sonaba de fondo en la radio “La canción del elegido” de Silvio Rodríguez, ella no paraba de sonreír, el se veía en sus ojos marrones reflejado por su brillo, el humo del tabaco negro parecía un manto de niebla que inundaba aquel momento inolvidable.

-Tu abuelo Pedro Martínez Sosa fue un valiente, un hombre de acción que nunca quiso marcharse de la isla aunque tuvo ocasiones para hacerlo, cada día de mi vida lo tengo presente, siempre recuerdo cuando me sacó del bosque de Linagua entre las ráfagas de ametralladora de los falanges y guardias civiles, jamás podré agradecerle su ejemplo, todo lo que hizo por nuestro pueblo canario- dijo José con lágrimas en los ojos.

La muchacha lo miraba con los ojos abiertos, emocionada, parecía ver a su abuelo en el rostro arrugado de José, imaginaba su edad, no quería preguntarle, quizá más de 95, “madera de antes” como decía su abuela Lola, enamoraba cada frase, cada gesto, el movimiento de sus manos mientras le hablaba de la gran aventura, la heroica odisea de unos hombres que lucharon sin armas contra todo el despliegue del sistema capitalista, contra un fascismo montado para anular el progreso, la libertad, la democracia verdadera de una República que comenzaba a sacar de la miseria a todo un pueblo, que aprobó el voto femenino, la educación laica, la reforma agraria, la esperanza de quienes jamás tuvieron nada, los nadie, los olvidados, carne de explotación y esclavitud.

Todo eso lo sentía de José en el viejo bar de la calle colonial, perdidos en el casco viejo de Posadas, escuchando de fondo la fuerza del agua corriendo por el Paraná, el viejo seguía con las manos en sus manos, notaba callos antiguos, de los duros trabajos en las plataneras o en los tomateros, una vida de sufrimiento, de explotación, de lucha por los derechos de los desfavorecidos de la tierra.

Comenzó a llover en la terracita y ambos dejaron de hablar, se levantaron y se dieron un abrazo muy largo, el viejo olía a tierra remota, a lo que olían sus ancestros, su familia isleña, los paquetes de gofio que le llegaba a la universidad desde Canarias cuando estudiaba psicología en Buenos Aires, no se soltaron en minutos, quizá el tiempo se había detenido, era como si no existiera el pasado, como si no hubieran asesinado a su abuelo Pedro en los montes de La Palma, que todavía viviera en el cuerpo frágil y flaco de aquel hombre que había visto cuando apenas tenía tres añitos.

Se despidieron y sabían que no se volverían a ver, mientras por la calle corría un grupo de jóvenes huyendo de los gendarmes, él levantó el puño antes de perderse entre la multitud, ella hizo lo mismo con una sonrisa de sol.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

1 comentario:

  1. Al menos ahora conoce el recuerdo que alguien más tenía de él, aún cuando no lo haya conocido. Eso ya es algo. Algunos no tenemos ni siquiera eso.

    Un saludo,

    J.

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