jueves, 8 de febrero de 2018

Diego y la libertad

El niño Diego observaba atento desde la ventana de la Casa del Niño que daba al pasillo de la Madre Superiora el juego de los conejos al atardecer, sonreía al ver las cabriolas y divertidos saltos, recordaba a su padre los días que iban al barranco de Tamaraceite a entrenar a los podencos jóvenes, le venía a la mente el movimiento alegre del rabo de los canes cuando encontraban un rastro fresco, el olor agradable del orín del mamífero lagomorfo que daba pistas de su cercanía, quizá agazapado en las tuneras, en el agujero del risco junto al bosque de Los Dragos, tal vez encerrado en la tubería que venía de la fuente de la finca de Los Molina.

En el hospicio de los huérfanos de los asesinados por el franquismo no había lugar para la diversión, se pasaba hambre y sed cuando tardaban en cocinar la escasa comida o por castigo no los dejaban beber de la manguera custodiada por el falange Machín, aquel viejo gordo maloliente y pederasta vinculado a la Catedral de Las Palmas, que siempre se metía en las duchas colectivas a mirarles el pene y los culos a los chiquillos.

A Diego lo separaron de su hermano Paco nada más llegar al orfanato, echaba de menos el calorcito, la ternura de dormir en el mismo camastro de colchón de paja junto al pequeñín Lorenzo, escuchando los gorgojitos de Braulio que soñaba en su cunita de cereto con un mundo de fantasía.

Los conejos jugaban hasta que oscurecía y Diego los miraba siempre con cuidado de que no lo viera alguna de las monjas, le podía costar una paliza y pasarse de rodillas en el pasillo varias horas, pero aquel vinculo con lo natural lo acercaba a los meses pasados, antes de que los fascistas fusilaran a su padre en el campo de tiro de La Isleta.

Sentía el mismo olor de la Montaña de San Gregorio entre la pequeña selva de acebuches, tabaibas, cardones y tajinastes, la fragancia de la libertad en los años felices de la República, todo aquel universo que de repente se hundió en la siniestra nebulosa negra de la tristeza y de la muerte.

Nadie se atrevía a rondar por la torre, donde muchos decía haber visto la figura de una mujer ataviada con hábitos religiosos, como una silueta que subía las escaleras hasta lanzarse al vacío siempre a la misma hora y punto exacto. Una especie de bucle en el tiempo, un acontecimiento trabado entre los lienzos de la desesperación.

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