domingo, 10 de diciembre de 2017

El árbol santo

La comitiva subía por el barranco de Azuaje encabezados por Tahona, la harimaguada (1) que llevaba el cuerpo diminuto de un bebé recién nacido en sus brazos, entre cánticos ancestrales atravesaban la niebla, el bosque sagrado, todavía no había nacido desde el horizonte el padre sol al que llamaban Magec.

Detrás iban varias mujeres llorando y dando alaridos de dolor, cubiertas de pieles de cabra resistían el duro invierno y el agua nieve que parecía cortarles la piel, el niño tenía los ojos abiertos y parecía mirar al cielo que comenzaba a encenderse, al otro lado del mar y cuando las nubes se abrían se divisaba la montaña gigante, desde donde veían en las noches claras la luz de las hogueras de otro pueblo que habitaba al otro lado de su universo.

La joven Fayna cargaba en la espalda una saca de hierbas aromáticas que iba impregnando el duro camino de una fragancia mágica, subieron y subieron sin parar, el llanto de las mujeres espantaba a los cuervos, que volaban entre la arboleda emitiendo graznidos que parecía voces, como si Achamán (2) les transmitiera a través de las aves la negrura de la muerte, lo que tenían que hacer en cada momento.

En un llano repleto de árboles que destilaban agua sin que lloviera llegaron al gran Garoé (3), sentándose en un perfecto círculo, escucharon las palabras de Tahona mientras colocaba al bebecito junto al gigantesco tronco, tan grande que no lo podían abrazar doce hombres:

-Sed bienvenidos hermanos junto al gigante sagrado donde vamos a entregar el cuerpo de nuestro hijo entre sus raíces de luz- dijo la mujer con las manos alzadas al cielo.

Dos hombres cavaban una pequeña fosa con hachas de piedra donde Tahona metió al pequeñín, todos los presentes se levantaron, se tomaron de las manos y formaron un circulo alrededor del árbol de la vida, iniciando un baile circular sin soltarse, girando y mirando las ramas que parecían mezclarse con el cielo donde todavía brillaban algunas estrellas trasnochadoras.

Siglos después otra comitiva subía por el mismo barranco en el mismo frío mes, esta vez presidida por un hombre vestido de azul con flechas y yugos en su pecho, avanzaban entre los restos de un bosque de laurisilva talado, arrasado por la codicia de quienes conquistaron las islas para convertirlas en territorio para la esclavitud.

Nueve falangistas rodeaban a tres hombres y a una mujer, los cuatro muy jóvenes, con las manos atadas a la espalda con alambres, avanzaban mientras les golpeaban y llegaron al mismo árbol que ya estaba seco, sobreviviente de la tala, quizá muerto de tristeza al sentir como en pocos años tras la invasión acabaron con la inmensa selva de Doramas (4).

Ya la tierra no estaba mojada por el agua que caía de cada hoja, de cada rama, la misma madrugada, el mismo padre Teide al otro lado del mar, pero una brisa triste que calaba las almas de quienes iban a ser asesinados.

El falange Santiago Rosales ordenó a los detenidos Antonio Guzmán y Manuel Izquierdo que abrieran la fosa donde iban a ser enterrados tras la ejecución. Fabiola Aguiar y Lorenzo Travieso observaban arrodillados, ambos bañados en sangre por las brutales torturas en la sede de Falange del municipio de Galdar.

Los dos hombres cavaban bajo la atenta mirada de los falangistas, Manuel temblaba de frío por las heridas abiertas producidas por la pinga de buey, casi no tenía fuerzas, pero seguía picando la arcillosa tierra, el barro repleto de unas raíces gruesas y secas que casi partían los palos de la asada en cada impacto:

-Aquí hay un cráneo pequeñito mi amo- dijo el falange de Agaete, Esteban Damaso, a su jefe Rosales.

Siguieron cavando y allí estaba el cuerpecito del niño junto a un gánigo (5) y un circulo de piedras que lo rodeaban, pieles de baifo (6) y varias figuras muy pequeñas de animales, tal vez juguetes, junto a varias pintaderas (7), en un espacio diminuto pero que parecía desprender un halo de magia, una energía tan fuerte que los hombres dejaron de remover la tierra, los falanges se quedaron paralizados ante la imagen que surgió a menos de un metro bajo el inmenso tronco:

-Saquen esa puta mierda- dijo Rosales, mientras apuraba el liquido del fondo de la botella de ron de caña.

Nadie se atrevía a tocar aquella especie de altar enterrado, un legado ancestral, la cabecita que todavía con las cuencas de los ojos vacíos parecía seguir mirando al infinito, como buscando más allá de la Tierra alguna esperanza para su pueblo.

El jefe falangista montó en cólera, se metió en la fosa y destrozó el espacio sagrado, lanzó los huesos del bebé y las cerámicas ladera abajo, ordenando a los reos que siguieran cavando, los hombres se negaron y dejaron las herramientas en el suelo, Rosales sacó la pistola y disparó sobre ambos en el pecho.

A Fabiola y a Lorenzo los baleó en la nuca el falange de Las Palmas Fernando Barber, los cuatro cuerpos quedaron en el suelo entre varios charcos de sangre, un viento helado vino de la costa, en un instante todo se volvió oscuro por unos nubarrones tan negros como el carbón, una lluvia intensa de gotas muy gordas comenzó a caer sobre los republicanos asesinados, sobre el grupo de fascistas que comenzaron a temblar de miedo.

Parecía escucharse un canto más allá de aquella superficie para la muerte, voces que parecían bailar entre el viento, alaridos de mujeres que lloraban y que no se les veía, palabras pronunciadas en una lengua desconocida entre el vendaval que se llevó al grupo de hombres de azul que corrían despavoridos, dejando allí a los muertos, a la muchacha que todavía tenía los ojos abiertos y miraba al cielo oscuro.

(1) Mujer encargada de la educación de las maguadas y participante en algunos rituales mágico-religiosos, siendo una figura muy respetada en el seno de la sociedad prehispánica de Gran Canaria.
(2) Entidades mitológicas de los antiguos canarios.
(3) Posiblemente un ejemplar arbóreo de Ocotea Foetens, conocido como til o tilo.
(4) Nombre castellanizado de un guerrero canario que vivió a mediados del siglo XV y que fue uno de los líderes de la resistencia indígena en la isla de Gran Canaria.
(5) Conjunto de recipientes de arcilla moldeados a mano y sin torno que utilizaban los indígenas de las Islas Canarias.
(6) Cría de la cabra en la lengua de los indígenas canarios.
(7) Sellos de barro, algunos en madera, elaborados por los aborígenes de Gran Canaria con formas geométricas. 

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El árbol santo Garoé (Isla de El Hierro)

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