sábado, 21 de octubre de 2017

Lecciones de tiniebla

Estuvieron cinco meses sin clases en la escuelita de Fataga desde la detención de Arcadio Figueroa Florido, su maestro, lo acusaron de adoctrinamiento a los niños que integraban su alumnado, los falangistas llegaron en pleno día al bello pueblo y fueron directo a la casa donde se impartían sus lecciones, entraron sin pedir permiso y agarraron al profesor cuando explicaba en la pizarra la estructura de un poema infantil de Federico García Lorca.

Encabezaba el grupo de fascistas José Araña Bordón, uno de los mayordomos del Conde, conocido en Tunte como “Rabo de Vaca”, que era el apodo de su familia procedente de la zona de Taidía, jornaleros de toda la vida, casi esclavos y víctimas desde siempre del derecho de pernada de los amos. José fue un avezado maltratador desde muy niño, lo que fue bien visto por sus jefes cuando empezó a trabajar con ocho años en los tomateros de Juan Grande, llegando en pocos años a ser uno de los hombres de confianza de aquella nobleza sanguinaria, dueña de las tierras, precursora de los mayores abusos de poder, de la represión y la muerte sobre quien se rebelara a seguir siendo esclavo.

No tuvieron miramientos, cuando Arcadio les exigió con amabilidad una explicación a su detención, lo golpearon al instante en la cabeza con una barra de hierro, dejándolo semiinconsciente sobre la mesa, mientras los niños gritaban y lloraban de miedo.

El docente de uno cincuenta años, se levantó atolondrado por el golpe y pidió tranquilidad a los alumnos:

-Queridos niños estén tranquilos, seguro que esto es un error, me voy con estos señores y ya verán ustedes que volveré muy pronto, cuando se aclare toda esta confusión- dijo con la voz rota, apretando un pañuelo contra la profunda herida que tenía en la frente.

Le ataron las manos a la espalda con unas sogas finas de pitera que cortaban las muñecas, muchas tizas en el suelo, los lápices y los afiladores pisoteados por aquellos hombres sin piedad, sacándolo en medio de los chiquillos que no se creían lo que estaba sucediendo y que miraban desconcertados a su adorado profesor.

Felisa Santiago, una de las niñas que siempre se sentaba en la primera fila junto a su amiguita, Alicia Santana, recordó las clases en la naturaleza, cuando se iban tempranito a la casa del viejo pastor Facundo Falcón, que ordeñaba las cabras y los invitaba a una tacita de leche con gofio, contándoles un cuento, para luego partir a una de las habituales excursiones, la que más le impactaba era cuando subían a la necrópolis de Arteara, el gigantesco cementerio de los indígenas, donde Arcadio les explicaba su vida, sus costumbres, sus leyendas, la cultura de aquel pueblo misterioso venido del norte de África hacía miles de años.

Los chiquillos miraban por la ventana cómo introducían a don Arcadio en el coche negro del Conde custodiado por cuatro falanges y dos guardias civiles de Tunte, antes de entrar por la puerta trasera les dirigió una sonrisa mientras asentía con la cabeza, como explicándoles que no se asustaran, que todo se solucionaría.

Fue la última vez que lo vieron, luego trajeron de sustituto a un cura muy joven de Las Palmas que se hizo cargo de la escuela, los obligaba cada mañana a rezar el padrenuestro, varios avemarías y el Rosario, antes de cantar el “Cara al sol”. Don Juan Mejías Melián, el nuevo maestro se caracterizaba porque pegaba mucho, gritaba cuando los niños se reían o hablaban dentro o fuera de clase, le gustaba tirar de las orejas y castigar con mucha violencia con una tabla de sauce, una madera que parecía caliente, causando un inmenso dolor en las palmas de las manos o en la parte trasera de las piernas.

Varios años después se supo que unos cazadores habían encontrado unos restos humanos en los acantilados de Risco Blanco, lo trajeron al pueblo, tenía un agujero de bala en la nuca, huesos rotos y las mismas ropas que don Arcadio, en el bolsillo una bolsa de caramelos empegostados, los que regalaba cada día a su alumnado entre clase y clase.

Nadie fue a su entierro por miedo, ni siquiera las autoridades reconocieron que era el maestro republicano desaparecido, lo enterraron sólo en presencia de su esposa, Pinito Medina Acosta, varios niños estuvieron sobre la ladera, viendo como lo enterraban junto a la tumba de su madre Lolita Florido Santiago, la niebla inundaba el barranco de Tirajana.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

El maestro republicano Antonio Oliver en una Misión Pedagógica en la pedanía
murciana de Valladolises en el año 1935 (Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver)

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