miércoles, 18 de octubre de 2017

Gabinete del espanto

Cuando bajaron a los detenidos del camión que venía de Telde era medianoche, el Gabinete Literario era un hervidero de falangistas y guardias civiles entrando y saliendo, el movimiento de fascistas de todas las edades parecía un hormiguero de seres azules, algunos mandos que habían venido de otras islas o la península, estaban alojados en el Hotel Madrid, el mismo hospedaje del general Franco meses antes.

Remigio Tejera y Manolo Hernández, encabezaban la fila de unos treinta hombres que tenían preparados en la calle para que entraran en el centro de detención y tortura, ambos vieron muchas caras conocidas de miembros de la oligarquía y la antigua nobleza, los hijos de las familias más ricas de la isla dirigían aquel escarnio contra lo mejor del pueblo canario, se encargaban de clasificar a qué recinto iría cada uno, lo que había que preguntarles mientras los torturaban, la información había que sacarles, los nombres, las direcciones, las afiliaciones a organizaciones de la izquierda o de los sindicatos.

Por la puerta trasera sacaban a quienes habían sufrido varias jornadas interminables de maltrato y violencia, algunos ya muertos, eran introducidos en los vehículos puestos a disposición por los caciques y terratenientes, su destino era variado, desde la fosa común del cementerio de Las Palmas, el mar, cualquier pozo o agujero volcánico.

Antes de entrar el teniente Giráldez de la Guardia Civil identificó a Regimio, lo observaba en silencio desde lo alto de la escalera del recinto señorial, dándole órdenes precisas a los falangistas que custodiaban a los presos:

-A ese me lo apartan que lo conozco muy bien de la huelga de enero en las tierras del Conde en Lomo Magullo, llévenlo a la sala de la cúpula-

El joven sindicalista de la Federación Obrera fue custodiado entre empujones y golpes al interior de aquel espacio para el terror, tenía una brecha abierta en la cabeza por un culatazo al resistirse a la detención en su casa de La Herradura, pero se mantenía en pie, no le quitaba la vista al teniente sedicioso, lo miraba fijamente a los ojos sin agachar la cabeza:

-Vas a saber lo que es bueno “puño en alto” cabrón, te voy a quitar toda la chulería, tu fama de defensor de las causas justas como en aquella puta manifestación- dijo el oficial, colocándole la pistola Astra cargada en la sien, simulando que iba a apretar el gatillo.

Remigio se mantuvo erguido sin casi inmutarse ante la rabia del asesino con tricornio:

-¿Por qué no disparas ya sinvergüenza? ¿No tienes cojones de enfrentarte a mi desatado, sin tu puta pistola cobarde?- exclamó sin agachar la cabeza el sindicalista, su voz sonaba como un trueno en la sala de tortura, la más grande, donde las voces retumbaban en una especie de eco.

El policía montó en cólera y golpeó al muchacho con la pistola en la frente, Remigio cayó al suelo, donde comenzó a recibir patadas de los falanges que acompañaban al teniente, golpes en todo el cuerpo, en la cara, en los genitales, en la espalda, en el estómago.

Casi perdió el conocimiento cuando el guardia ordenó que lo levantaran entre dos requetés y le dijo:

-Mira hijo de puta aquí estoy rojo cabrón, masón de mierda- En ese instante Remigio lo escupió en la cara, una baba de sangre corrió por la cara de Giráldez, que intentaba desesperado limpiarse con un pañuelo blanco.

Ladeando la cabeza llamó a Demetrio Trujillo, apodado “La Burra”, veterano luchador del deporte vernáculo de la isla, también conocido como “El verdugo de San Cristóbal”, el sicario llevaba un machete en la mano, lo afilaba con una piedra de playa, al momento y siguiendo las órdenes del teniente le cortó de un tajo las dos manos a Remigio.

-Ahora levanta el puño hijo de puta, alzalo mamón como en el Lomo, chulo de mierda, maricona barata, que ya me follé hasta a tu novia la otra noche- gritaba el teniente en un ataque de ira, las comisuras de los labios repletas de saliva blanca, como un perro infectado de rabia.

La sangre brotaba copiosamente de los brazos cortados del joven comunista, parecía un manantial, una fuente de luz, mientras los dos falanges lo mantenían en pie, no le quitaba la vista a Giráldez, una mirada sin miedo, unos ojos verdes brillantes, que se fueron apagando por la hemorragia, tranquilos, con la paz de no haberse rendido.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Dibujo de Castelao (-Pra que ergan o puño...)

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