martes, 17 de octubre de 2017

En los rincones nebulosos de la noche

Los alcaravanes estaban más inquietos que nunca esas noches de octubre, demasiado trasiego en Los Giles, demasiados hombres en camiones para ser torturados sin que nadie escuchara sus gritos y alaridos.

Domingo Valencia no tenía más de quince años y era uno de los torturados, estaban todos, más de treinta, todos de Tamaraceite, retenidos en el cuartelillo del Ayuntamiento de San Lorenzo, en la Carretera General. Desde allí los llevaban en la oscuridad a los descampados cerca de Tenoya para golpearlos, para hacerles hablar, dar cualquier dato sobre sus actividades políticas y sindicales.

A Juan Santana Vega, el alcalde comunista, a Francisco González Santana su camarada, casi su hermano, ya que se conocían desde niños, se criaron en la misma calle, jugaban juntos, estuvieron en la misma escuela, comenzaron juntos a trabajar con apenas once años, conocieron a las mismas muchachas, a los dos los tenían aparte, les pegaban más fuerte, los torturadores se esmeraban más en generar el máximo dolor, en tratar de sacarles toda la información posible.

El chiquillo Valencia muy asustado los miraba desde el grupo de los más jóvenes a los que también golpeaban, observaba su entereza, como se mantenían sin hablar a pesar de los latigazos con la pinga del buey que les abrían heridas profundas en sus espaldas, pero ellos resistían una noche más, Juan miraba a Pancho, ambos se miraban, con los ojos se decían que ya estaban muertos, que era mejor seguir con dignidad, con entereza, con valentía de clase, manteniendo hasta el último instante el valor, la tenacidad que les hizo gobernar con mayoría de izquierdas aquellos escasos meses antes del golpe fascista.

Casi amaneciendo las mujeres aparceras que iban camino de los tomateros de los Betancores escuchaban los gritos, veían los movimientos de los falangistas y guardias civiles, el brutal maltrato, como introducían uno a uno a los hombres destrozados en los camiones, los transportes cedidos por los terratenientes agrícolas para llevarlos de nuevo al cuartelillo en el sótano de la Casa Consistorial de Tamaraceite.

Solo fueron dos escasas semanas, pero parecieron años de todo tipo de atrocidades, madrugadas interminables de sufrimiento que marcaron para siempre a los que sobrevivieron, unos pocos como Domingo Valencia siguieron toda su vida luchando sin miedo, otros en cambio jamás quisieron hablar, contar lo que sucedió, el terror lo llevaban incrustado en lo más hondo de sus conciencias, no eran cobardes, eran hombres destrozados, marcados de por vida, inválidos de amor y ternura.

Una noche no los sacaron del calabozo, el pequeño recinto para no más de diez hombres, donde llevaban hacinados una treintena varias semanas sin apenas agua y comida, esa noche los metieron en el camión y los condujeron a Capitanía General, al Gobierno Militar en la calle Triana, allí siguieron pegándoles salvajemente, más allá vino el Castillo de San Francisco, los campos de concentración de La Isleta y Gando, el día del fusilamiento de los cinco en el campo de tiro cerca de El Confital, aquel 29 de marzo del 37 cuando Juan y Pancho fueron fusilados junto a Manuel Hernández Toledo, Antonio Ramírez Graña, Matías López Morales, todos unidos como cuando iban de parranda a los bailes de taifa, pero esa vez acongojados por la muerte inminente, el pelotón, los cientos de falangistas con sus familias y sus niños sentados en las laderas para ver entre vitories el espectáculo de las ejecuciones.

Domingo los despidió aquella madrugada que los sacaron del barracón de Gando, el chiquillo supo que jamás los vería, todavía los sigue esperando en los rincones nebulosos de la noche.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Dibujo de Castelao (Arriba os probes do mundo...)

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