viernes, 20 de octubre de 2017

De la semilla del quebranto

Jacinto Barrios aprovechó el momento de la limpieza de su habitación para escaparse, salió sigilosamente por el pequeño jardín donde deambulaban sus ancianos podencos retirados, nostálgicos de las madrugadas de los jueves y domingos, cuando la noche olía a flores de mayo, el viaje hasta el cazadero andando por los caminos perdidos, viendo amanecer el rojo sol, desde donde casi nadie había tenido la suerte de contemplarlo.

Triste Jacinto con sus 94 años acarició la cabecita de los perrillos, les dijo en un susurro que no ladraran, los canes lo miraron cómplices, movieron el rabo, guardaron silencio, el negro con una mancha blanca en el ojo derecho le lamió la mano izquierda con dulzura en señal de cariño.

El viejo avanzó calle abajo, sintiendo el aire de la libertad en su rostro repleto de arrugas, sus ojos puros parecían más brillantes que nunca, anduvo sin parar hacia el pueblo, como quien busca lo escondido durante siglos, sabía que en algún lugar estaría el lugar donde reposaban sus compañeros asesinados, quizá en los pozos, en el mar, en la chimenea volcánica, donde miles fueron arrojados al abismo del genocidio isleño.

La noche lo amaba despierta, sabía que avanzaba hacia la libertad, no podía seguir en manos de las cuidadoras de la ayuda a domicilio, era demasiado humillante depender de los servicios sociales, un revolucionario, un maquis, un luchador, un resistente antifascista.

Caminó por lugares que ya no conocía, todo estaba construido donde antes había cultivos y casas con tejados de barro, enormes centros comerciales, mucha gente entrando y saliendo como hormigas en busca de la comida días antes del comienzo del invierno.

Desconcertado no sabía dónde estaba, aquel mundo ya no era el que había vivido, no quedaba nada, la gente vestía de otra forma, los jóvenes llevaban el pelo de colores, solo los niños parecían niños, algunos lo miraban sonrientes al ver a un señor mayor en pijama andando por la calle.

Era triste pensar que todo su mundo había muerto, que no quedaba nadie, ninguno de sus amores apasionados, ninguno de sus camaradas ni siquiera los que lo persiguieron, aquellos fascistas que sembraron la tierra canaria de muerte, de fosas comunes, de espacios para el exterminio de lo mejor de un pueblo.

Recordó cuando ya le faltaban las fuerzas los años de juventud en aquellas tierras repletas de vida, sin las inmensas construcciones que inundaban todo, sin toda esa gente desesperada por comprar, personas sin identidad que iban cargadas de paquetes y regalos navideños.

No podía más y se sentó en un pequeño parque junto a un grupo de jóvenes con peinados extraños, las chiquillas con los vestidos muy cortos, no tenía nada que decirles, era todo tan extraño, los carteles luminosos inundaban la noche, miles de coches, motos, ruidos y humo:

-¿Esto es lo que hemos construido con nuestra derrota?- pensó. ¿Es este es el mundo nuevo por el que entregamos nuestras vidas, por el que luchamos hasta el final?

No sintió tristeza porque sabía que había que seguir levantándose tras cada derrota, se acordó de los días de exilio, la inmensa alborada, el instante preciso en que escuchó a Fidel Castro en la Plaza de la Revolución de La Habana y su “si pierdo comienzo de nuevo”.

Lo había aprendido todo en la lucha clandestina, varios de los jóvenes se le acercaron y se sentaron a su lado, uno le acarició su mejilla, mirándolo extrañados, tenía frío y una de las chicas lo abrigó con su chaqueta verde de lana.

El viejo los miraba cómplice, se hablaban en silencio sin decirse nada, como si no entendieran sus lenguas pero si sus almas, supo que era la misma juventud de los gloriosos años del combate, que solo aquella eternidad había paralizado por unos segundos universales el tránsito rebelde de los sueños.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Maquis en la la "Operación Reconquista de España" (Crónicas a pie de fosa)

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