viernes, 22 de septiembre de 2017

Lucero de lluvia y angelitos

Los tres hermanitos miraban desde el pequeño patio al lucero que aparecía sobre la montaña de San Gregorio, Lorenzo, Paco y Diego, sentían una inmensa curiosidad en su corta vida por aquella luz que se encendía cada noche, la que su padre Pancho González les había dicho que si en noviembre aparecía a la izquierda de el morro ese invierno llovería mucho.

Braulio estaba en su cunita construida con dos cajas de tomates atadas con soga, Lola García, su madre, lo tenía en alto para evitar que alguna rata lo mordiera o devorara, además esa altura servía para columpiar su cuerpecito de apenas tres meses.

Sus hermanos afuera escuchaban los ruiditos que emitía su boquita, solía mirar al techo, dejaba fija su mirada como si algún ser invisible lo observara, se reía a veces, había muecas risueñas, alzaba las manitas como para tocar algo, como si “el angelito” como decía la tía Rosa le estuviera haciendo muecas y regañizas.

Aquella noche cuando apenas quedaban horas para que fuera tres de noviembre la estrella apareció brillante, al otro lado la media luna parecía combatir las nubes negras cargadas de lluvia:

-Miren, miren, mirénesta a la izquierda, está a la izquierda, va a llover este invierno mucho, mucho, mucho- grito Diegito con los ojos limpios.

Los tres sentaditos en unos escalones miraban alucinados y un perrito pequeño, un cachorro de podenco de su padre les mordisqueaba y lamía sus pies descalzos.

Les gustaba mucho ese juego, se maravillaban con las estrellas porque su padre les hablaba mucho de las constelaciones, del origen de la vida, de las formas de animales que tenían: la osa mayor, la osa menor, la del león, la del águila que devoraba las serpientes malas, la de las mil galaxias, aquella que solo aparecía en el Día de Reyes.

-Pero papá no esta tampoco para acompañarnos esta noche, sigue metido en ese lugar rodeado de alambradas, estaba muy flaco y triste la última vez- dijo Paco, a lo que Diego el mayor, con once años, lo tranquilizó acariciándoles el pelo.

Dentro se escuchó a Braulio reír a carcajadas:

-Son los ángeles, son los angelitos- dijo Lorenzo, han vuelto de nuevo, entran por la ventanita de arriba y vienen a cuidar de Braulito.

Paco y Diego sonrieron y siguieron mirando el lucero con los ojos muy abiertos, la montaña parecía iluminarse cuando la luna pareció llegar a la altura de la cardonera, los murciélagos parecían aviones de combate que arrullaban el viento persiguiendo los mosquitos.

Los estanques de San Lorenzo comenzaron a brillar y la luna se reflejaba en el agua limpia, parecía que la magia envolvía de sensaciones y olores el instante de magia.

Los tres niños sentados, el perrito canelo y blanco jugando, alguna lechuza blanca que pasaba en silencio, no se le escuchaba, solo se le veía si tenías la suerte de elevar la vista al cielo en ese preciso momento.

Afuera dos falangistas de Tamaraceite marcaban la puerta de la casa con pintura roja, los niños no se enteraron, la noche no se enteró, el lucero siguió su viaje por los confines celestiales.

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Lorenzo, Diego y Paco tras el fusilamiento 
de su padre Francisco González Santana

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