sábado, 23 de septiembre de 2017

Hay quien sueña con volar

Siempre jugaba solo en aquel patio rodeado de perros fieles y flores, juegos fantásticos entre indios, forasteros, vaqueros, héroes de la edad media con armadura, muchachas rebeldes que luchaban contra monstruos terribles que venían del averno, que salían del fondo de la tierra junto a la lava de los volcanes y terremotos que atemorizaban aquel mundo de sueños y oscuridad.

A Leonardo Suárez le venía bien aquella soledad, después de que se hubieran llevado a Diego, su padre, la noche de abril del 37, no podía borrar de su cabeza la extrema violencia de los hombres de azul, algunos con boina roja, otros con tricornio, desde ese día aquellos seres llenos de odio eran los demonios del mal, los que venían del infierno, los dibujaba en su fantasía de ocho años recorriendo el mundo en naves gigantescas, secuestrando todo lo bueno, llevándose las flores, los animales, las personas para desaparecerlas no se sabía bien donde, quizá en un agujero lúgubre por donde salieron un día los volcanes más antiguos, donde nacieron las islas en los cuentos que le contaba su padre antes de dormir.

Dejó de ir al colegio cuando por las calles señalaron a su madre entre insultos, acusándola de ser la mujer de un comunista, ella misma le daba clases, conservaba la biblioteca de su padre, libros de Platón, de Sócrates, de Verne, de Dante, de Salgari, de Neruda, de Lorca..., que le leía cada tarde sentada en el banquito de madera ante sus ojos abiertos, atento a cada palabra, a cada frase, a cada historia.

Miraba los ojos tristes de Alicia Trujillo, nunca pudo recuperarse de la muerte de Diego, ni siquiera sabía el lugar exacto donde habían tirado su cadáver destrozado, solo algunos rumores hablaban de que lo habían arrojado a uno de los pozos de la finca de los Ascanio en Jinámar, teniendo que soportar torturas brutales en el edificio de La Mayordomía de la Condesa, donde se decía que lo habían llevado junto a veinte hombres más, además de a Carmen Moreno, una mujer que había trabajado de criada en la casa de los Kraus en Vegueta, la que era novia de Luiso Rodríguez el cocinero anarquista de la CNT.

La madre se acostaba pronto y él chiquillo se metía con ella en la cama, la veía muchas veces dormirse y comenzar a encogerse de miedo, a gemir de dolor, a soñar con todo lo terrible que galopaba en el otro lado de la penumbra, imaginaba que tras la ventana había brujas acechando, brujas también vestidas de azul con escobas en forma de yugos y flechas, brujas terribles, como aquellas dos mujeres de la Sección Femenina que un día se presentaron en su casa para llevárselo a la Casa del Niño, los llantos de su madre, hasta que ya en el coche negro intervino el falange vasco Demetrio Goñi que era amigo de su abuelo, hablando con las dos mujeres para que lo dejaran un tiempo más con su madre:

-Dejen al chiquillo unos meses más con esta infeliz, yo le hago el seguimiento y cualquier cosa que vea les aviso- dijo al final tras una conversación de casi una hora con las dos fascistas.

Lo sacó llorando del coche donde ya lo trasladaban al internado del Paseo de San José, famoso por ser uno de los puntos de venta de niños robados que dirigía Acción Social de Falange, convirtiendo en pocos años esas acciones en un lucrativo negocio que movía millones en toda España.

Desde ese día cuando escuchaban pasos en el callejón o tocaban a la puerta se abrazaban los dos, madre e hijo, no movían un musculo temiendo que vinieran a llevárselo, luego los pasos se alejaban, a veces eran botas militares o pasos de alpargata de jornalero, tenían el oído agudizado y podían escuchar lo que casi nadie escuchaba, hasta las alas de las lechuzas invisibles que volaban sobre aquel pago cercano a la Higuera Canaria.

Nunca olvidó aquel día de julio que se vio sentado en la cubierta del barco que salía del puerto hacia Venezuela en la fría madrugada, los dos se miraron cuando al amanecer la islita se perdía en el horizonte, vio sonreír a su madre por primera vez tras varios años después de la muerte de su padre, se fundieron en un abrazo tan largo que parecieron formar un solo cuerpo, una sola alma impregnada de ternura y amor antiguo.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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