miércoles, 13 de septiembre de 2017

El encuentro

Cuando se tropezó en la Avenida de Las Canteras con el jefe falangista apellidado Samper la piel se le erizó, el viejo lo miró y trato de agachar las cabeza, llevaba gafas negras, chaqueta y corbata y el grasiento pelo peinado hacia atrás con gomina, Manuel Romero lo miró fijamente, no le quitaba la vista y el fascista acompañado por su nieto de unos quince años, se fue hacia la valla del paseo, se le notaba el corazón acelerado y la cara pálida:

-¿Abuelo que te pasa? Dijo el muchacho al ver el rostro amarillento de su abuelo.

Por la mente de Manuel pasaron en unos segundos como una película a la velocidad de la luz miles de escenas, las mujeres atadas en la lúgubre habitación del centro de detención de la calle Luis Antúnez, sus piernas abiertas, encadenadas por donde iban pasando los falanges, guardias civiles y curas uno a uno para violarlas, muchachas muy jóvenes hijas y nietas de los asesinados y desaparecidos, incluso niñas menores de diez años, la fila de fascistas borrachos solía ser interminable, Samper dirigía según decía entre chascarrillos “la sección femenina del centro de tortura”.

Romero fue testigo de todo tras pasar quince días colgado por las muñecas en el techo del siniestro recinto entre golpes, patadas y corriente eléctrica en sus genitales, nunca supo como pudo resistir aquello, el no haber muerto como cientos de sus compañeros que no pudieron aguantar las terribles aberraciones.

Recordó en aquellos minutos mientras el falangista Samper parecía intentar coger aire mirando el mar de la Playa de Las Canteras las mujeres que llegaban en los coches negros, atadas con las manos a la espalda, el recibimiento por parte de los jefes falangistas que consistía en desnudarlas a golpes, destrozarle los vestidos y atarlas en “los colchones del folleteo”, como solían llamarle aquellas bestias inmundas a ese espacio del horror.

El fascista se sentó en un banco del paseo con el nieto, el muchacho le daba aire con un pañuelo, parecía que le faltaba aire, sus 92 años no le ayudaban y el parkinson le agudizaba los temblores.

Manuel se les acercó pausadamente:

-¿Necesita algo jefe? Le dijo con una media sonrisa.

El nieto lo miró, tenía ese aspecto de los niños ricos, rubio, ojos azules, seguramente hijo de los muchos niños y niñas que Samper robó en el hospital de San Martín de Las Palmas, el viejo seguía con la cabeza agachada, Manuel no le quitaba la vista:

-¿Te acuerdas asesino de todo el daño que hiciste?

Samper no levantaba la vista en su crisis nerviosa.

Manuel Romero recordó cuando lo descolgaron tras las dos semanas de torturas y estuvo dormido sobre un saco de plátanos tres días seguidos agonizando, como al recuperarse le encargaron durante un año entero de la limpieza de la sangre, las vísceras, los orines y excrementos de las cámaras de tortura.

En ese tiempo recibía ordenes de Samper, de Eufemiano Fuentes, de Rubio Guerra, de varios de los hermanos Rosales, los hermanos Padrón N. y de otros jefes falangistas, los que se encargaban de la masacre en el inmundo edificio junto a la Playa de Las Canteras.

Como limpiador obligado sopena de ser asesinado vio de todo, las brutales aberraciones, a quienes ahorcaron, a quienes colgaron por los ojos en los afilados anzuelos gigantes colgados del techo, las violaciones múltiples de mujeres de todas las edades, las torturas infantiles delante de madres y padres detenidos para que cantaran, para que viendo sufrir a sus hijos delataran a los compañeros escondidos en cualquier punto de la isla.

Manuel le puso la mano en el hombro a Samper:

-Mírame hombre, no voy a hacerte nada, solo quiero que sepas que estoy vivo y que jamás te perdonaré-

El nieto y el viejo partieron hacia la calle Padre Cueto, se adentraron en el laberinto de gente que iba y venía de la playa, Manuel se quedó en el paseo mirándolos, contemplando el ocaso de uno de los mayores asesinos que había conocido.

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