martes, 26 de septiembre de 2017

El brillo del odio

El incendio comenzó a extenderse a una velocidad endemoniada por la Degollada de Becerra, subiendo hacia la Cruz de Tejeda, Dionisio y Luis veían como las llamas corrían como venados huyendo de alguna bestia de colmillos gigantes, se internaron en el bosque en dirección contraria al viento, la experiencia de Luis en el bosque era un grado, decidieron avanzar hacia el pinar de Linagua, no se veía el cielo de septiembre por la inmensa vegetación, pinos centenarios, algunos no podían ser abrazados ni por veinte hombres, pinos viejos que había, vivido la conquista castellana, la vida de los indígenas de Tamarán, los volcanes más terribles que los hicieron resistentes al fuego siempre que no se quemaran sus copas.

En aquella soledad se podía escuchar el silencio, los dos hombres lo sentían, agotados por las cuestas interminables de las montañas, se sentaban sobre la pinocha, no hablaban, se escuchaba el graznido de los cuervos que parecían seguirlos curiosos, alguna aguililla revoloteaba acechando a los lagartos, los picapinos percusionaban los troncos secos, el olor a madera noble y flores de retama parecía endulzar la angustiosa evasión, perseguidos durante meses, refugiados en la espesura gracias a la tenacidad del joven leñador de Santa María de Guía.

Desde la oscuridad enterrados en la vegetación veían las cuadrillas de falangistas y guardias civiles rastreando como perros de presa, el brillo de las pistolas al cinto, de los fusiles, de las insignias, yugos y flechas, mirando cada rincón, cada piedra, cada cueva, cada hueco en la tierra seca de aquel verano terrible del 37.

Arriba en la cumbre se veían las llamas que arrasaban por todo, el olor a quemado, el humo que subía hacia el cielo azul formando una especie de chimenea natural, como si la tierra invocara al dios sol Magec, para que aquellos seres demoníacos dejaran de torturar, de matar, de desaparecer, de generar un sufrimiento solo comparable a los sangrientos años del exterminio indígena, cuando los hombres de hierro entraron por la Playa de Triana y comenzaron la brutal invasión, la guerra de resistencia que duró cinco años, hasta la derrota en la fortaleza de Ansite, los suicidios tirándose por los riscos de quienes no querían perder la esperanza y la libertad.

Dionisio y Luis no querían perder sus jóvenes vidas, preferían seguir surcando los bosques sin salida de aquel laberinto insular, beber la leche de las cabras guaniles, la carne de los conejos que cazaban con sus rudimentarias trampas, los higos de las viejas higueras abandonadas en las laderas del barranco de Guguy.

En un punto concreto del pago de Pino Gordo se encontraron con un hombre acribillado a balazos, en el bolsillo de la camisa llevaba el carné de la CNT, ni siquiera lo habían enterrado en alguna de las miles de fosas comunes lo que era muy extraño, era un señor mayor con un bigote blanco muy poblado, de más de sesenta años, con el pecho ensangrentado y la boca abierta.


Avanzaron, corrieron tratando de alejarse de aquella trampa mortal hasta que comenzaron los disparos, las ráfagas de ametralladora, primero cayó Dionisio, luego Luis, estaban rodeados por la camada de asesinos fascistas, los dos se arrastraron heridos hacia el fondo del barranco donde divisaron una pequeña cascada, luego vieron botas que los rodeaban, risas de los falanges que los interrogaron entre patadas y culatazos durante varios minutos antes de dispararles en la nuca.

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