martes, 22 de agosto de 2017

Muerte del niño Braulio (El dulce abismo)

Al entierro de Braulio no fue casi nadie, el miedo inundaba cada casa de Tamaraceite, las decenas de desaparecidos, los condenados a muerte, incluso el alcalde Juan el albañil ya sentenciado al fusilamiento, al entierro del niño Braulio de solo cuatro meses no fue casi nadie, solo mi abuela Lola, sus hijos el más pequeño Lorenzo, el mediano Paco y el más viejo Diego con 11 años, todos testigos del brutal asesinato el 24 de diciembre del 36 cuando la brigada de falangistas entraron en la humilde vivienda, mataron al perro de un disparo de pistola, tiraron la puerta abajo antes de que mi tía Rosa García pudiera abrir la vieja puerta de madera.

Fue el golpe en la cabeza cuando el joven fascista lo lanzó contra la pared fue demasiado fuerte, no duró casi nada, ya en la mañana del día de Navidad cerró sus ojos para siempre, lanzó unos balbuceos pegado a la teta de su madre, el único consuelo en sus instantes finales ya que el médico dijo que no había nada que hacer, cuando lo llevaron caminando hasta la calle Triana en Las Palmas desde el municipio de San Lorenzo.

El entierro fue el domingo, nadie lo veló en el camastro del colchón de paja, el cura no quiso venir, le dijo a Lola que era un tema político que el no podía meterse en líos, que era el hijo de un comunista. Solo se acercó Paco Machado poco antes de ser detenido, el hermano del alcalde, estuvo unas horas sentado en la salita de la casa pobre, trajo una cajita de madera de los tomateros de Los Giles, allí lo meterían para el viaje final, los llantos de su madre, los hermanitos mirando la paciente inmovilidad de Braulio, como si pareciera que de repente iba a empezar a moverse, a mover su piecesitos, sus manitas buscando en el aire los colores de la felicidad.

La comitiva a píe hasta el cementerio de San Lorenzo era minúscula, los chiquillos hermanos, la madre, la tía Rosa, la cajita la llevaba en sus manos el tío Miguel, no pesaba nada, eran tan chiquitillo. Fueron por el camino viejo, la pista de tierra por donde iban todos los entierros, también los recién casados en tartana.

Esa terrible soledad, en el camposanto solo estaba Pedro el sepulturero, que le hizo un gesto a Lola con los ojos de complicidad, era amigo de Pancho su marido condenado a muerte, no pudo abrazarla, ni siquiera tomarla de la mano, apretarsela, demasiados ojos miraban desde más allá de los muros, ya tenía el agujero hecho, la fosa pequeñita, insignificante entre la grandes cruces y mármoles con inscripciones y rezos.

Lo metieron dentro, Lola no quería que echaran tierra sobre su niño amado, se lanzó al agujero, abrazó el ataúd, no lo soltaba, lo besaba, sus lagrimas impregnaban la quebrada madera, parecían un pequeño universo aquellas personitas rodeando algo tan insignificante, pero la tierra hizo su trabajo, ni una cruz, solo una pequeña piedra donde Pedro alcanzó a escribir con una tiza blanca “DEP Braulio González García”.

Luego todos partieron Lorenzo se durmió en los brazos de Rosa, Paco y Diego iban de la manita, Lola cabizbaja, no sabía si iba o si venía, si todavía Braulio estaba de camino o estaba enterrado bajo el barro de aquel diciembre triste, inundado de una lluvia que no quería marcharse del eterno páramo del olvido.

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Pintura "La muerte del angelito" de Damian Suárez Loshi

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