martes, 30 de mayo de 2017

La tierra y el cielo en un balón de cuero

Richard jugaba en el Apavi y aquella tarde en el campo de La Feria miraba a su alrededor y no veía a su padre que no se perdía un partido, el árbitro estaba a punto de dar el pitido inicial y el niño, con el 6 a la espalda, se resistía a pensar que las detenciones de la Policía Armada en la zona baja de Schamann tuvieran que ver con aquella ausencia inesperada.

En un instante todos comenzaron a correr y el polvo del campo de tierra parecía inundar cada espacio entre el inmenso descampado del Barranco de la Ballena, controlaba la pelota y daba aquellos pases mágicos que el abuelo Perico Viera le había enseñado, “el fútbol de antes”, le decía, cuando jugaban en el estanque de barro junto a los barracones de Pedro Hidalgo.

Su viejo no aparecía, se había perdido su gol de cabeza a la salida de un córner, cometió varios errores y su entrenador le recriminó, al rato casi al comienzo del segundo tiempo llegó su madre con la cara muy triste, en ese momento el chiquillo se derrunbó y se tumbó boca abajo llorando cerca del punto de penalti.

Antonio, el técnico, se dio cuenta de lo que sucedía, se paró el partido por unos segundos y lo sustituyó, salió corriendo y se abrazó a su madre, el partido siguió y los dos subieron la cuesta hasta la Avenida de Escaleritas, andaban en silencio, Lucía le limpiaba el sudor con el pañuelo rojinegro de su padre y ambos sabían lo que en ese instante estaría padeciendo en la comisaría de la Plaza de La Feria, donde encerraban a los hombres y mujeres varios días para torturarles salvajemente.

Junto a la gasolinera, frente al Instituto, había un furgón policial, dos grises estaban apostados con los subfusiles apuntándoles, su cara de odio delataba que los conocían, que sabían todo lo que estaba pasando desde días antes de llevarse a Pablo.

Abrazados se perdieron entre el laberinto de Las Chumberas, miraban al frente sin miedo al horizonte urbano, parecía que se avecinaba algo hermoso entre tanta desolación, les inundó una sensación especial entre la brisa que subía del mar embravecido, subieron a la casa y allí se quedaron esperando que aquel universo volviera a llenarse de risas y esperanza.

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Botero "Abu Ghraig 60"

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