domingo, 21 de mayo de 2017

En la profunda estepa verde

Se topó con el rostro blanco de la lechuza y ambos se quedaron unos segundos mirando la profundidad de sus ojos rapaces y humanos, una especie de complicidad salvaje en lo profundo del bosque de Linagua en lo recóndito de la isla de Gran Canaria.

Eloisa y Mario llevaban dos años escondidos en la cueva invisible a la derecha del bailadero de las brujas, donde la sombra del pinar envuelve de rocío y frescor la ensenada, ella solo se llevó una maceta con un orégano cubano, el viejo molinillo de café de la abuela Marta aunque allí en medio de la nada no lo podían usar, lo pusieron sobre una piedra impregnada de musgo verde, una especie de monumento a los días felices cuando aquella República de sueños parecía que iba a ser la esperanza ante tanto dolor y sufrimiento.

Solo salían de noche de la cueva cuando los leñadores y los obreros de la brea se marchaban y el rojo sol se ponía, aprovechaban para estirar las piernas bajo el manto estrellado, en invierno bajo la tupida niebla o la lluvia torrencial. Tenían trampas para conejos ocultas bajo la pinocha y eso les daba para comer carne al menos cada quince días, siempre con mucho cuidado de que el fuego no se viera desde La Aldea.

Nicasio Vega el pastor de Juncalillo les dejaba oculto una vez al mes un queso de cabra bajo una piedra gigantesca, allí llegaban casi a medianoche tras una larga caminata y rebuscaban bajo las hojas de retama la bolsa de papel, lo sacaban y siempre Eloisa lo olía, su fragancia la llevaba en un instante a su infancia cuando la abuelita Josefa le cortaba el pan redondo de leña untado con aceite.

Luego partían de nuevo a su refugio alegres del nuevo sustento solidario, tomados de la mano subían la montaña del Aserrador, sus piernas fuertes ya no se resentían con la pronunciada cuesta o el bochorno que traía la arena del desierto del Sahara.

Sabían que de allí no podrían salir jamás y el aroma del pinar les envolvía cuando abrazados se evadían en el sueño diurno, como quien espera la muerte o mezcla sin saber lo real y lo irreal, mientras los asesinos falangistas recorrían cada rincón de la isla para asesinar y desaparecer a lo mejor de aquel pueblo destruido.

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Lomo del Viso y Macizo de Linagua

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