lunes, 6 de marzo de 2017

La santa misa del desagravio

En la catedral repleta se percibía un cierto tufillo a sudor y humedad, mezclado con los perfumes de las señoronas de la “sociedad” y las ventosidades de los gordos santurrones más viejos, una jarca que ocupaba las primeras filas de asientos, junto a políticos de los partidos del régimen, militares, guardias civiles y hasta un ex ministro “dimitido” por gravísimos delitos de corrupción.

El obispo salió a escena exultante con sus mejores galas, se sentía casi una reinona, “había que “crucificar” a los herejes”, en su mente recordaba con nostalgia los tiempos del franquismo, lo fácil que era procesar a cualquiera que se saliera de lo establecido, “maricones, tortilleras, ateos, comunistas, masones y otras huestes infernales que la Falange se encargaba de asesinar de un tiro en la nuca, arrojándolos al mar o a cualquier pozo o agujero volcánico que los hiciera desaparecer para siempre."

“Como se complica todo cuando hay que matar de otra forma más lenta”, pensaba, “ahora nuestro gobierno aplica otras “tácticas”, “también nos benefician porque con sus políticas neoliberales destruyen las vidas de los más empobrecidos: suicidios, enfermedades mentales, desesperación, hambre, miseria extrema, pero que sencillo era antes joder”.

La misma noche, ya en su cama viendo 13TV, pensó “que la misa del desagravio contra la herejía fue un exitazo, vino hasta la Delegada del Gobierno coño y la maquillada mujer del capitán general, que bueno que los policías cortaran las calles anexas, acordonaron las entradas y salidas, no vaya a ser que venga algún comando con plataformas y nos arruine la fiesta”.

Al final después de comerse las hostias se quedaron todas y todos un buen rato departiendo en la entrada, todavía el tufillo a bufos, sudor y provocativos perfumes caros salía desde el interior del templo, todo era cordialidad, habían cumplido el sagrado ritual para exorcizar aquellos demonios, el obispo se entretenía mientras charlaba con dos arrugadas y pomposas feligresas de peineta española, mirando de reojo a los nietos más pequeños del coronel de la benemérita. Una noche inolvidable.

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