sábado, 3 de diciembre de 2016

Fidel y la entrañable noche de la memoria

-Yo tengo familia en las Canarias hermanos –Dijo el barbudo cuando salió del bohío con la boina estrellada en la mano-

Los dos hombres que venían exhaustos desde Santa Clara miraron al otro guerrillero heroico. Fidel Castro les sonrió y los invitó a sentarse junto al refugio construido con viejos troncos, el que hacía de improvisado consultorio médico para los guajiros de aquella zona de la Sierra Maestra.

-¿De qué isla son compañeros?

-De La Gomera y La Palma dijo Ceferino González, muy cansado, sin casi poder respirar tras subir la inmensa cuesta de más de siete kilómetros, Guillermo Ascanio guardó silencio impresionado ante la presencia del famoso insurgente del M26.

Fidel no estaba solo, a su lado el Comandante Frank País y otro miliciano de pelo rubio, muy joven, con anteojos, conocido como “Ratone”, Jean Paul Cutier, médico de origen francés, residente antes de la guerra revolucionaria en Santiago de Cuba.

El Comandante Castro sabía que los muchachos eran exiliados de la dictadura franquista española, “Isleños”, como siempre han llamado con mucho cariño en el “Cocodrilo verde” a quienes proceden del hermano archipiélago africano.

Tenía curiosidad por conocer las últimas noticias de las islas, de España, sabía que cientos de miles de camaradas habían sido asesinados por la dictadura franquista, muy amiga del criminal Batista, del sanguinario imperio norteamericano.

Los canarios temblaban de frio y se acurrucaron bajo unas raídas mantas de lana, tomaban un pizco de ron que les dieron. Castro los miraba y les hacía gracia su llegada, su inexperiencia, el absoluto desconocimiento de la metodología cotidiana de la guerrilla.

Hablaron largo y tendido de todo lo que había sucedido en Canarias, como los fascistas programaron meses antes del golpe de estado del 36 el brutal genocidio, las miles de personas arrojadas a los pozos, simas y chimeneas volcánicas, los fusilamientos, las fosas comunes, el mar como máximo exponente de la represión contra los militantes de la izquierda, arrojados masivamente al abismo oceánico atados de pies y manos dentro de sacos de plátanos.

Fidel se mostró muy interesado en los motivos del porqué no se habían entregados armas al pueblo, no entendía como se les había dejado tan indefensos ante el odio ancestral de falangistas, militares, guardias civiles y una oligarquía corrupta y criminal, muy parecida a la cubana de aquellos tiempos de dictadura, la que financiaba matanzas de luchadores y luchadoras por la libertad.

Les trajeron un plato de arroz con frijoles, los canarios comieron ávidamente ante la mirada de los Comandantes, sobre las doce de la noche se despidieron, sabiendo que al día siguiente se unirían al destacamento de instrucción en la lucha armada.

El Comandante Castro les dio un abrazo muy fuerte y largo, no se vieron más hasta el día de la victoria, donde solo Ascanio estuvo presente en la triunfante marcha guerrillera, González había muerto en una acción cerca de Santiago seis meses antes de la liberación.

Guillermo cruzó la mirada con Fidel por unos segundos entre la multitud, ambos se sonrieron y parecieron recordar aquella inolvidable noche de noviembre en la oscuridad secreta de la sierra, el comienzo de una aventura infinita repleta de coraje y dignidad, la que solo conocen los pueblos libres.

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Fidel Castro, tercero por la izquierda, conversa con un grupo de guerrilleros en Sierra Maestra. 
Un puñado de combatientes iniciaron allí la guerra de guerrillas que culminaría con su llegada al poder en 1959.

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