lunes, 21 de noviembre de 2016

Viñeta de amor

Hacía tanto frío de madrugada en la parada de guaguas de Lomo Blanco que los cristales de los coches estaban mojados sin haber llovido. Mercedes se abrigaba mucho la garganta para combatir aquella tos casi crónica, miraba la ventana donde dormía Miriam, su niña de doce años, la imaginaba calentita envuelta en la manta de lana, con la estantería repleta de peluches.

No sabía que la miraba cada día, que la observaba desde el quinto piso con tristeza, viéndola partir calle San José Artesano abajo, la cabeza apoyada en la ventana de la primera “Global” de la mañana para comenzar su dura jornada, aquella rutina cotidiana limpiando las casas de los señores del barrio de Vegueta. La muchacha no podía evitar derramar alguna lágrima contemplando el gran esfuerzo de su madre, aquella lucha titánica para poder pagar en soledad la hipoteca, sus estudios, la escasa comida.

El transporte público partía con dirección a Las Palmas, detrás quedaba como una nebulosa entre el humo y la niebla mañanera, los restos del relente de aquel noviembre de 2016, mientras en la radio sonaba la voz monótona, repelente, del presidente Rajoy, hablaba de “los importantes logros de su gobierno”, de “cómo habían mejorado las condiciones de vida de la población española”. Mercedes escuchaba sin escuchar, casi dormida, tenía mucho frío, cruzaba los brazos apretando su pecho, notaba la flema en sus vías respiratorias, no desaparecía la nausea casi constante, un extraño mareo que le hacía ver lucecitas de colores cuando cerraba los ojos, casi no tenía fuerzas, pero increíblemente las sacaba para ser capaz de levantarse cada mañana y recorrer casi corriendo las cuatro casas que limpiaba, no cotizaba en ninguna, no existía contrato, le pagaban por semana, unos escasos billetes casi siempre de diez euros, ya había decidido no exigir nada, se conformaba con lo que sacaba, solo miraba si era suficiente para cubrir los gastos mensuales.

Su ilusión mayor era llegar antes de las dos de la tarde, recoger a la chiquilla en el Instituto Felo Monzón, le gustaba verla llegar con su sonrisa entre el inmenso tumulto de cientos de estudiantes, el sonido juvenil que le alegraba el alma. Miriam siempre corría a abrazarla, se le enganchaba al cuello y todo eran risas hasta llegar a la exigua vivienda, los días buenos traía algo rico en sus bolsas de plástico, algún pollo asado, las papas con ajo, otras veces, la mayoría se conformaban con el guiso de varios días en la nevera, las lentejas, los garbanzos o el caldo de cilantro receta de la abuela.

Le encantaba ver a la chiquilla estudiar, como devoraba aquellos libros, las buenas notas que sacaba, era su esperanza, sabía que valía la pena seguir luchando hasta el final.

Se les iba el día juntas, aquella tarde llovía, en televisión la nueva ministra Cospedal decía que “ahora todo iría mejor”, que los “populismos no eran la solución”, se acostaron pronto, abrazadas en la vieja cama de los abuelos, Mercedes se durmió enseguida, la tos no se le quitaba, Miriam la miraba, le apartó el pelo cano de la frente para darle un beso.

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