domingo, 27 de noviembre de 2016

Savia roja en las venas centenarias

Con el corazón roto de tristeza cayó al suelo acribillado a balazos, su sangre regó el suelo arcilloso del bosque de Tamadaba, penetró en la tierra y el viejo pino percibió el líquido rojo en sus profundas raíces. No era como el agua fresca de la escasa lluvia, más bien un abono con vida, notaba su calor, las millones de células que navegaban en aquel fluido atemorizado, todavía impregnado del terror de último momento de la muerte.

Recorrió la savia, subió por el inmenso tronco hasta los lugares más remotos del árbol gigante, sus ramas, los piñones, las acículas, solo tres, lo que lo diferenciaba de otras especies del planeta, además de su resistencia al fuego, el don mágico tras años de evolución en aquella tierra canaria forjada entre volcanes.

El cuerpo del sindicalista galdense de la Federación Obrera, Juan Carlos Domínguez González, fue abandonado por los falangistas, no lo enterraron como hacían habitualmente con todos los asesinados en cualquier fosa, era muy grande la borrachera de ron de caña de los fascistas, venían de Artenara de violar hasta la muerte a las hijas de Luiso Luján, antes de arrojarlo vivo por el acantilado de Punta Faneque.

La digna putrefacción fue acogida por el viejo pino, era como la de otros animales, solo percibió algo distinto en la composición del abono, se notaba que no comía carne cruda, que no se alimentaba de la hierba fresca como las cabras y ovejas que a veces se quedaban inertes sobre la fina hierba, entre las jaras, retamas y el tomillo salvaje endémico de aquel bosque ancestral.

Veinte años después llegaron los taladores del Cabildo presidido por el franquista, Matías Vega Guerra, cortaban con sus hachas los árboles más antiguos para plantar exiguos arbolitos, una labor de limpieza dirigida por hombres bien vestidos que llegaban en coches negros, vehículos parecidos a los que usaban los falangistas para asesinar y desaparecer a miles de hombres y mujeres desde el año 36.

Entre los hacheros venía el que disparó en la nuca del obrero Domínguez, ahora no llevaba uniforme, solo un mono azul, se paró un momento junto al gigantesco tronco, parecía recordar lo sucedido aquella noche del año 37. Se quedó mirando el suelo inundado de vegetación, de flores primaverales, el barro húmedo que un día acogió la sangre inocente.

El falangista dio la orden de talar al gigante que ya crecía cuando los indígenas recorrían los parajes recónditos del territorio insular, los hombres le atravesaron sus entrañas, tardó varias horas en caer, se resistió aferrado a la tierra que tanto amaba, se agarraba con sus profundas raíces hasta que cayó al suelo, generando un estruendo más ruidoso que millones de años de crecimiento de bosques enteros.

Se hizo el silencio, los hombres agotados se sentaron y vieron salir de la solida madera un manantial de savia roja que penetraba la tierra, el aire olía a romero, la niebla subía desde el Valle de San Pedro, convirtiendo aquel pequeño pedazo de la Tierra en un territorio de magia y enraizada memoria.

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Restos del pino (Pinus Canariensis) de Pilancones en la isla de Gran Canaria

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