lunes, 7 de noviembre de 2016

Porque quiero echarme en su misma fosa

A la fosa común del cementerio de Las Palmas llegaban los camiones cargados de hombres masacrados, el reguero de sangre venía de lejos, atravesaba las polvorientas callejuelas de La Isleta y gran parte de la ciudad, algunas vecinas se asomaban a las azoteas de las casas, desde arriba veían los cuerpos acribillados a balazos, hombres jóvenes en su mayoría, el liquido rojo llegaba hasta el camposanto, metían los ruidosos vehículos por una entrada trasera e iban arrojando los cuerpos de dos en dos, algunos cadáveres los colocaban juntos como los del alcalde de San Lorenzo, Juan Santana Vega y el sindicalista del mismo municipio, Francisco González Santana, al periodista de Lanzarote Manuel Fernández que venía destrozado por la paliza con palos y varas de acebuche lo tiraron de cabeza en un embarrado rincón, a Juan del Peso de Telde lo echaron en un agujero cercano, a menos de cinco metros de sus camaradas comunistas, chicos jóvenes vestidos de militares del Sahara Español, unos encima de otros, algunos mandos, sargentos, tenientes, capitanes republicanos que habían resistido al golpe de estado, las caras llenas de barro rojo, tirados masivamente a la improvisada tumba, junto a varios anarquistas de la zona norte de la isla.

También traían algunas personas vivas en coches negros de los terratenientes agrícolas sumados a la sublevación fascista, entre ellas tres mujeres, una maestra de escuela del pueblo de Aguimes, las otras dos alfareras libertarias de la subida a Lomo Magullo en Telde, el procedimiento era acercarlas a la fosa, arrodillarlas y darles un certero disparo de pistola en la nuca, las chicas lloraban, sus gritos se escuchaban más allá de los muros, ya venían abusadas, rapadas y violadas por la soldadesca y los escuadrones de la muerte de Falange.

Afuera sin que las dejaran entrar en el recinto mortuorio muchas mujeres con niños de la mano, algunos ancianos abuelos y padres de los asesinados, sobre todo de los fusilados que se habían enterado de la ejecución de los consejos de guerra en los cuarteles de infantería del Puerto.

La desolación presidía la calle ensangrentada, nadie sabía a quién habían matado ese día triste, en que camión venía su inerte ser querido, guardias civiles y falangistas armados con máuser les observaban atentos con inquina y odio, rodeaban el cementerio, a la mínima mirada a los ojos les daban un violento culatazo en la cabeza fuera hombre o mujer.

Los chiquillos lloraban sentados en los bordillos y las cajas de tomates, algunos bebés de meses hijos de los asesinados se aferraban atemorizados a los cuellos de sus madres, caía una incipiente lluvia de marzo, el viento del mar inundaba de un frío polar las viejas calles de la hermosa Vegueta colonial.

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Franquistas y curas unidos en el genocidio tras el golpe de estado del 36

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