domingo, 6 de noviembre de 2016

Las primas noches, fragancia de Gamla Stan

Elvira Bordón y Manuel Espino se abrazaron con la calefacción a tope en el viejo barrio de Gamla Stan de Estocolmo, las mantas de lana refugiaban sus cuerpos desnudos, así les gustaba meterse entre sabanas huyendo de la nieve, de las calles blancas, de la noche imperecedera de aquel exilio interior, desde cuando huyeron de la ansiada tierra prometida, allá en entre los riscos de Guayadeque, cerca de Aguimes, donde reposaban en los pozos los restos de sus camaradas asesinados.

Las primas noches llegaban siempre con la luna llena oculta bajo las nubes de la ciudad del hielo, el recuerdo de su isla amada, el olor a gofio de los molinos del barranco, el ron de caña, el desvarío de los amantes por aquellos callejones solitarios, los besos furtivos al compas de la taifa, el timple, los tambores que anunciaban la llegada del solsticio en el invierno de la sangre.

Los amantes se abrazaban en la noche eterna de 1953, sus besos conjugaban una trova de sueños, los mismos de la esperanza arrebatada, la que inundó de muerte el archipiélago del miedo, el siguiente genocidio después del indígena que comenzó aquella madrugada del 36, el instante preciso, el sonido de los camiones de los escuadrones de la muerte que casa por casa se llevaban a las mujeres y a los hombres que defendían la democracia, la libertad, los derechos sociales, la emancipación de la clase trabajadora.

En la ventana se veía caer trémula la nieve y el abeto centenario que parecía recoger el néctar blanco que llegaba del cielo, una imagen idílica si no fuera por la tristeza de la evasión, de sentirse en tierra de nadie, más allá de la muerte, donde la nada atraviesa las entrañas de los corazones libertarios.

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Abrazo (Amantes II) (1917) de Schiele

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