jueves, 17 de noviembre de 2016

Amargo jueves con besamanos

A la tercera raya de coca el diputado Borja Manrique de Cubas sintió que el mundo estaba a sus pies, le gustaba mucho como picaba el polvo blanco su amigo de partido José Miguel Oneto, se quedaba ensimismado, no dejaba ni una piedrecilla y cuando esnifaba parecía que aquel néctar amargo le llegaba hasta los lugares más recónditos de su lascivo cerebro, celebraban que el rey había estado en el solemne besamanos refrendando un nuevo gobierno, cuatro años más para seguir robando, repartiéndose el botín de las pensiones de los viejitos, de las ayudas de los enfermos dependientes, de los más de cinco mil niños que según Unicef y Save The Children pasaban hambre en su amada patria.

Ya habían quedado para irse a la selecta casa de putas de la Gran Vía, allí los esperaban varios de sus señorías ansiosos de otra nueva noche de locura, drogas y sexo de pago, antes pasaron por La Almudena a la misa de ocho donde el cura Sedano les guiñó un ojo cuando se tragaron la hostia, España iba bien con el nuevo gobierno, eso pensaron todos a la salida, aunque el nerviosismo, la ansiedad de la farla, les hiciera fingir una inexistente tranquilidad, lo que querían era tomar los coches oficiales, pedirles a sus choferes que los llevaran a toda velocidad al restaurante de cinco tenedores de La Latina, no tenían hambre, la sustancia en la sangre la quitaba, pero había que aparentar, allí podría estar la terrible diminuta vicepresidenta, la nueva ministra de los fascistas ejércitos reales y su marido, conocido ladrón de guante blanco.

“Manri” como lo llamaban en la intimidad genovesa se sintió algo contrariado, ni con el medio gramo que aspiró se le puso la polla dura ante la jovencísima puta senegalesa, siguió esnifando mucho más junto al senador Serrano Suñer de Castilla La Mancha en el reservado del enorme piso del centro de Madrid.

La madrugada siempre era de bajona, daba igual el dinero que tenían en sus cuentas, la coca no saciaba aquellas ganas de quedarse con todo, sabían que existían seres que jamás se rendirían, que esperaban agazapadas ese momento de la historia donde la justicia se hace en las calles, en las plazas abarrotadas, eso les inquietaba en su delirio de sangre envenenada por el polvo adulterado, la resaca de tanto alcohol, la preocupación por mantener el tipo mientras de un garito cerca de Sol salía el antiguo cadenero de Fuerza Nueva, ahora portavoz, no se mantenía en pie, lo ayudaban sus dos policías guardaespaldas a entrar en el auto de lujo.

Madrid aquel jueves parecía engullirlos con aquel cielo tan rojo del amanecer, el miedo de las persecuciones y escraches por la guerra de Iraq los paralizaba, invadía el inmenso resacón, eran conscientes que tarde o temprano sucedería lo mismo, solo era cuestión de meses, quizá de días.

Salieron a todo trapo en sus coches blindados directos a sus viviendas de las afueras con policías armados en los portales, esa noche Manrique soñó con guillotinas y horcas en plazas públicas, dio muchas vueltas en la cama, acabó sentado en la cocina tomando café, fumando rubio, mirando como el techo se movía y el miedo inundaba su desgastada piel perfumada, las narices destrozadas.

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