miércoles, 5 de octubre de 2016

El sueño de las aves gigantes

Nadie sabe, ni los más avezados científicos, como llegaron los avestruces a la isla de Lanzarote, 120 kilómetros de mar con más de 1.300 metros de profundidad de abismo marino. Sus huevos fosilizados de más de cuatro millones de años se encuentran bajo las piedras de esa isla destrozada por la caterva de la construcción.

Esa memoria del misterio resiste el embate de la especulación, de la inmensa maldad político-empresarial que campa a sus anchas con sus pelotazos urbanísticos, sus hoteles de lujo en el litoral, enriquecidos con la destrucción de un paraíso terrenal, ahora cemento y hormigón en manos de lo más deleznable de la especie humana.

Las avestruces siguen corriendo invisibles por las llanuras desérticas de la isla amada, jugando a ser más rápidas que el viento, habitan entre la franja infranqueable de lo desconocido, donde ahora hay basura, campos de golfos, apartamentos, destrucción masiva de un patrimonio natural de toda la humanidad.

Este misterio insondable nos hace viajar en el tiempo, aunque no sepamos de que forma se establecieron estas aves en la antigua isla, el territorio mágico de los Majos del que habló Platón en sus textos milenarios, la puerta del legendario Jardín de las Hespérides, trocitos de tierra que emergieron del mar entre lava y erupciones salvajes, la franja imposible, la llave de lo desconocido que unos humildes y valientes seres cruzaron en la nebulosa de los tiempos.

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Imagen del ejemplar de huevo de ratites encontrado cerca de Famara. | Foto: Y.A

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