lunes, 3 de octubre de 2016

Alicia entre libros y enredaderas de luz

Los dos jefecillos falangistas, Antonio Barber y Carlos Samsó, acudían cada día al lavadero de ropa bajo el puente del barranco de Tamaraceite, allí las mujeres jornada tras jornada lavaban la ropa de vestir y de cama, los pañales de los niños, en el agua fría que venía de las cumbres de Gran Canaria, los fascistas se colocaban sobre el muro de la carretera general para mirar a las chicas que se remangaban las enaguas para no mojárselas. Samsó tenía una especial predilección por Alicia Cabrera, la hija de quince años del comunista Antonio Cabrera, detenido en su casa de La Montañera dos años antes, desaparecido posiblemente aquella misma madrugada en la chimenea volcánica de la Sima de Jinámar.

Alicia nunca iba sola a lavar, siempre la acompañaba su abuela Marisa Rodríguez, donde iba los dos esbirros la seguían y le decían todo tipo de improperios de contenido sexual.

La joven era una ávida lectora, le quedaba la biblioteca de su padre escondida en un ropero con doble puerta. Desde Tolstoy a Joseph Konrad, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Antonio Machado, Pablo Neruda, la magia de Julio Verne, viejos textos de Marx, de Lenin, de Bakunin y otras publicaciones prohibidas que cuando se llevaron a su madre guardó sin que la madre la viera, rescatándolos de la hoguera que hizo su abuela en el estercolero de la parte trasera de su casa. Libros con olor a incendio, a humo, a huelgas salvajes, subrayados, con anotaciones de su amado progenitor, estudiados en profundidad, dejándole como herencia un tesoro literario sin precio, hojas rebeldes que cada noche a la luz de las velas, cuando llegaba de trabajar en los tomateros de los Betancores de Los Giles los devoraba, uno tras otro, eran más de cien, ordenados por ella misma cuidadosamente por temáticas: política, novela, historia, naturaleza del mundo, poesía y hasta antiguos  tratados de física que su padre usaba en sus clases de maestro en el barrio de San José.

Desde la parte superior del lavadero los falanges miraban a todas las mujeres, se sentían poderosos, invencibles con sus correajes y pistolas al cinto, Alicia sabía que los dos habían participado en el asesinato y desaparición de su padre.

-Mira que culo tiene la hija de puta. –Decía Barber en voz alta que se podía escuchar a pesar del ruido del agua fresca rompiendo en las piedras-

-Hay que follarsela ya antes de que tenga veinte años, ahora está todavía bien cerradita la muy puta. –Comentaba Samsó con la botella de ron de caña en la mano entre trago y trago-

Su jefe de centuria el pederasta conocido como el  “Cojo Acosta” pasaba a veces por El Puente, en la entrada del pueblo y se unía a la fiesta, solo que se fijaba más en los niños hijas de las viudas de republicanos asesinados, no podía resistir el cuerpo de un menor, era demasiada su depravación y obsesión por violar salvajemente un cuerpo frágil que todavía no hubiera alcanzado la adolescencia.

Las risas y burlas eran diarias, las mujeres seguían frotando las ropas contra las piedras, mirando de reojo a los hombres por si se atrevían a bajar ya borrachos y cometer algunas de sus tropelías.

Marisa, la anciana abuela de la muchacha ante el constante y cobarde acoso sexual le decía cada día que no saliera de su casa, que se quedara porque aquellos tipejos podían ser capaces de todo, que ella se encargaría de las tareas diarias, de lavar la ropa de los Rivero, terratenientes y criminales franquistas de medio pelo de la zona.

Alicia no podía parar de leer cada noche en la penumbra y las sombras inquietantes de la vela en las paredes de piedra blanca de cantería de San Lorenzo, no daba tregua para disfrutar con cada historia, recordaba el consejo de su  padre unos días antes de llevárselo para siempre.

-Mi niña querida la educación es liberación, no dejes nunca de leer, de formarte, quien no estudie será para siempre esclavo de los poderosos.

La mañana del 27 de marzo del 38 Barber y Samsó llegaron más borrachos que nunca, el primero con un cigarro de Virginio lleno de saliva en los labios jugaba con el arma, una pistola de alto calibre, se la pasaba por sus genitales haciendo burlas a la muchacha, la abuela no dejaba de mirarlos, ambos bajaron la pequeña carretera de tierra hasta los pilares de agua pura, la anciana se interpuso delante, entre la muchacha y los criminales, Barber le puso la pistola en la boca, se la metió hasta la garganta y la anciana se arrodilló, el resto de mujeres corrieron barranco arriba, abandonando las sabanas y el resto de la ropa. Sansó le dio un fuerte culatazo a la mujer con el máuser y la lanzaron corriente abajo. Alicia se quedó petrificada. Le ataron las manos a la espalda, le rompieron el vestido y le sacaron los pechos y pasaron sus lenguas apestosas por sus pezones. La chica no decía nada, estaba paralizada viendo el cuerpo de su abuela correr barranco abajo, parecía una muñeca de trapo, con su traje de luto riguroso y su pañuelo negro en la cabeza.

La subieron hasta la carretera, en el coche los esperaba el “Cojo Acosta” acompañado del guardia Pernía, la metieron en el sillón de atrás y partieron a toda velocidad hacia el sureste de la isla, directos a una de las fincas del Conde de la Vega, cerradas y dedicadas a los abusos sexuales a las mujeres de los rojos.

Samsó no dejaba de manosearla, Barber le rompió el vestido del todo, iba casi desnuda, desde sillón delantero el jefe Acosta miraba con ojos brillantes de lascivia y odio por aquel cuerpo tan bello y aquellos ojos azules como la mar. Ella no decía nada, no podía articular palabra, solo recordaba las historias de los libros de su padre, de cómo la injusticia siempre sería vencida por seres humanos nobles, era consciente de que ya estaba muerta, que nadie la libraría de aquel suplicio, solo el momento de cerrar los ojos para siempre, pero estaba segura de que detrás vendrían otras mujeres como ella, otros hombres como su padre, como centellas, miles, millones, con forma de sombras salvajes, armadas hasta los dientes, bajarían de las montañas de Canarias, de cualquier parte del mundo para liberar al planeta de aquella brutal ignominia.

El coche negro se perdió tras pasar por el túnel de La Laja, un camión repleto de hombres atados de pies y manos se cruzo con ellos, iban directos a la Marfea para ser arrojados al mar, Alicia siguió callada, sabía que más allá de todo aquello, aunque no pudiera verlo, estaba la más entrañable claridad de la esperanza.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Lavanderas en una acequia de un lugar indeterminado de España

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