miércoles, 7 de septiembre de 2016

La romería del Pino y de la sangre

Las gotas de agua se filtraban por el techo de caña y barro de la casa de la carretera de Teror, María Tejera miraba mientras Dionisio dormía. El liquido elemento adquiría formas inimaginables, la joven abrigaba a su amor, aunque fuera septiembre ya se notaba el frío a pocos kilómetros de Miraflor, afuera se escuchaba el ruido de los romeros que caminaban para ver a la virgen, la que los curas colgaron siglos antes de un pino para hacer creer a los pueblos originarios que había sido una aparición mariana, uno de los muchos montajes de esa entidad criminal de indígenas, cómplice directa del genocidio franquista en el golpe de estado.

Sonido de timples y guitarras, de cantos folklóricos de gente borracha, algún ¡Viva a Franco! Y también otros grupos que iban rezando el rosario piadosamente mientras subían las empinadas cuestas hacia el pueblo de la patrona de Gran Canaria.

Los amantes seguían en la cama, Dioni parecía soñar, una especie de pesadilla que le hacía mover las cejas, los ojos le giraban, gemía muy flojito, una especie de susurro, como los bebés cuando quieren alcanzar el néctar cálido de la leche del pezón de su madre. María le dio un besito en la mejilla, le acarició el pelo negro como el azabache, se pegó a él, lo abrazó sin apretarlo, solo quería que sintiera que estaba protegido, como los pajaritos en su nidos, cuando la madre los envuelve con sus alas de calor y luz.

No eran más de las doce de la noche cuando se escucharon gritos en la puerta, fuertes golpes en la gastada madera de tea.

-Abre hijo de perra, rojo asqueroso, ya sabemos quién coño eres, abre la puta puerta porque te vienes con nosotros de romería, nos vamos a follar a la puta guarra de tu mujer. -Decía una voz ronca, la del jefe falangista de Guanarteme, Ramón Roca Samsó-

Dionisio García se despertó sobresaltado, se puso los pantalones, la camisa blanca, las alpargatas, María lloraba, sabían que había el llegado el momento, que había sido un error no partir hacia las montañas de Valleseco cuando empezaron a detener y asesinar a los compañeros, los dos pensaron que al haberse quemado los papeles del partido no lo iban a localizar, que su participación en las huelgas de las tierras del Conde de la Vega había sido escasa, que era uno más, que no hablaba en las asambleas, que solo ayudaba a los camaradas en las visitas a las fincas de las explotadas mujeres aparceras.

Afuera el rumor de los cantos y la fiesta se confundía con los golpes y los gritos de los fascistas, los rezos a la Virgen del Pino con las blasfemias e insultos de los esbirros, la pareja no sabía qué hacer, apagaron la vela de la mesilla de noche, sabían que si abrían los matarían, pero en ese instante la puerta se vino abajo, entraron como fieras, todos borrachos, apestaban a sudor y ron de caña, el falangista Roca ordenó a sus hombres sacar a la mujer al patio de la casa.

-Amárrenla a cuatro patas, así nos la follamos delante de este cabrón antes de matarlo.

Dioni intentó evitar que se la llevaran y el requeté de Teror, Santiago Ramos, le dio un culatazo en la cabeza que le abrió una enorme brecha en el cráneo.

Cuando recuperó el conocimiento vio la cola de treinta falangistas y guardias civiles que iban uno a uno abusando de su esposa, tenía las manos atadas a la espalda con soga de pitera, comenzó a gritarles todo tipo de insultos y el jefe Roca le pegó un tiro en la sien que lo dejó fulminado en el suelo.

María estaba casi inconsciente y sentía un inmenso dolor en sus entrañas, mucho asco, tristeza, afuera seguía el ruido de la romería, los cantos, los timples, los rezos, los “Santa María madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”, mientras aquella banda de criminales violaban a la frágil muchacha de Tamaraceite.

Levantó la vista y vio muerto a Dionisio en medio de un charco de sangre que brotaba abundantemente de su cabeza, comenzó a gritar, una especie de alarido de rabia e impotencia, se revolvió le mordió el sexo a uno de los falangistas que se lo estaba introduciendo en la boca mientras otro la penetraba, casi se lo arranca, el fascista dio un grito que estremeció el recinto, se hizo un silencio y el falangista jefe de centuria, vecino de Arucas, Carlos Alberto Cardona, le cortó la yugular con un cuchillo que llevaba al cinto.

La mujer se derrumbó, de su cuello brotaba una fuente de líquido rojo, mientras moría los miraba con ojos de odio y a la vez de paz por escapar de aquel martirio, las carcajadas de los asesinos amenizaron sus últimos instantes de vida.

Metieron los dos cuerpos en el coche negro del capitán Carmelo Soria, vecino de Telde, que acababa de llegar con dos prostitutas de Las Palmas. El auto partió lentamente hacia la costa de Bañaderos para arrojar a la pareja de amantes al mar dentro de sacos repletos de piedras.

La romería siguió su curso, incluso los falangistas se sumaron a la fiesta, después de lavarse la sangre de las manos y las ropas en la pila de agua fresca, una vez que saquearon la vivienda, llevándose los pocos objetos de valor de la pareja.

Dejaron las puertas y ventanas abiertas, los que subían por el camino a Teror miraban extrañados, algún borracho entro en la casa a defecar, lo que había sido un nido de amor y esperanza era un rio de sangre.

Los cantos, los avemarías y los vivas a la Santa Cruzada, al glorioso Movimiento Nacional amenizaban aquel lunes 7 de septiembre de 1936, María y Dionisio ya eran parte del violento fondo marino del norte de aquella isla masacrada, su gata Matilde en la azotea ya sabía que se había quedado sola para siempre.

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Visita del General Franco a la Villa de Teror (1950)

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