jueves, 1 de septiembre de 2016

Fugitivos de leyenda

Se acababa de despertar en la oscuridad de la cueva del barranco de Silva, todavía se escuchaba en el exterior el canto del búho chico, el sonido extraño de las últimas lechuzas que buscaban refugio ante la salida inminente del sol, se estiró y le sonó cada hueso, sintió una sensación de placer a pesar la incomodidad sobre la vieja cama de piedra de los aborígenes, de los seis meses evadido desde la noche que lo detuvieron en el barrio de Lomo Magullo, logrando escapar en la bajada hacia Telde con las manos atadas a la espalda, saltando del viejo camión y perdiéndose entre los disparos de los falangistas hacia la frondosidad de Los Cernícalos.

Carmelo Martel era consciente de que tenía los días contados, que en cualquier momento, cuando menos lo esperara sería capturado, que era imposible mantener la invisibilidad en un territorio insular tan limitado, repleto de guardias civiles, guardias de asalto, grupos de falangistas que recorrían como alimañas los montes en busca de fugitivos que asesinar.

Se quedó todo el día en la caverna camuflada por las tuneras, se movía por las noches, ya se conocía todos los vericuetos y senderos de aquella zona de Gran Canaria, llegó a acercarse varias veces a los caseríos de San Gregorio, incluso hasta la zona del viejo San Juan, donde tenía amistades que le dejaban comida oculta bajo las piedras, entre los cardones o tabaibas. Alguna botella de ron de caña, tabaco Virginio, gofio, aceite, sardinas saladas y algunas vez algún plátano.

Ese era su sustento, menos cuando lograba atrapar algún conejo en las trampas que colocaba al píe de la entrada de su refugio, solía asarlo dentro para evitar que nadie viera las brasas del fuego, la estancia se llenaba de humo y del olor a carne fresca, era una especie de jornada especial y si le quedaba ron pues brindaba solo, recordaba a sus compañeras y compañeros del Frente Popular de los encuentros de la gente joven en la Playa de Melenara, aquellos tiempos de la esperanza republicana cuando luchaban juntos contra el caciquismo ancestral, la semiesclavitud de la clase trabajadora isleña, por la mejora de los derechos y las condiciones de vida de aquel pueblo masacrado por el colonialismo más sanguinario.

Franco y Hitler durante su reunión en Hendaya, el 23 de octubre de 1940

Pasaron los años y soñaba con encontrarse a Juan García “El Corredera”, más de una noche intuyó sus pasos perdidos subiendo por las empinadas cuestas, recorriendo el territorio de su infancia entre La Culata y Tenteniguada. Lo conoció en los años 20 en las luchadas del Campo España, donde el conocido luchador, José Rodríguez Franco, más conocido como “El Faro de Maspalomas”, era casi invencible, tuvieron sus conversaciones y sus tragos después de cada evento deportivo en las tiendas de aceite y vinagre de la zona hablando de política y de cada luchada, de esa revolución inevitable, de los buenos tiempos que vendrían con la Republica, de la emancipación de los sectores populares, de la cultura y la educación como instrumentos contra la alienación, la ignorancia y el servilismo de siglos.

La noche del 31 de diciembre del 45 el antiguo jornalero y sindicalista, Carmelo Martel, escuchaba los petardos y voladores desde la altura de Montaña de Las Palmas, se veía Valsequillo, Tafira, Santa Brígida y por supuesto casi toda la zona sureste, desde Telde hasta Aguimes, las luces de cada pueblo, incluso llegó a imaginar el olor de las celebraciones, las comidas especiales a pesar del hambre de la posguerra, la posguerra de una tierra donde no hubo guerra, pero si un genocidio estructurado por las fuerzas fascistas: La oligarquía, la Iglesia Católica, Falange, Acción Ciudadana y otras fuerzas de la sedición, las que se llevaron por delante las vidas de más de cinco mil canarios, en su inmensa mayoría desaparecidos en simas, chimeneas volcánicas, pozos y ese gran cementerio azul que era el océano Atlántico.

Sentado solo contemplaba el espectáculo como quien está en una nube de un cielo imaginario después de haber muerto, como si existiera vida después de la muerte y su alma navegaba por el infinito, visitando alguna vez las tierras de sus ancestros, una sensación de paz lo invadía cuando escuchó unos pasos a su espalda, no se giró por miedo y al momento notó una mano fuerte en su hombro.

-¿Cómo estás hermano? Te vengo siguiendo desde Silva, soy Juan. –Le dijo sonriente “El Corredera”-

Carmelo se levantó y se dieron un abrazo fuerte en aquel fin de año de terror y desaliento, un abrazo largo, Juan olía hierbas del bosque y tabaco, una fragancia añeja que le recordó a la de su abuelo Damián Curbelo, el viejo constructor de paredes, pedrero de profesión en el valle de Tecén.

El otro fugitivo se sentó junto a el, tenían tantas cosas que contarse que un silencio que hablaba inundó aquel paraje remoto, bajo un manto de estrellas que desvelaba la fragilidad del planeta, de la especie humana, de los añorados compañeros y camaradas asesinados por los fascistas.

Los dos hablaron casi toda la noche a media voz, casi susurrando, ambos eran perseguidos, acostumbrados a la negrura, a las sombras, a los escondites húmedos y fríos, a saber escabullirse de los criminales entre la vegetación ancestral de aquel trocito de la tierra.

Cuando casi amanecía Juan le dijo que cerrara los ojos, que ya se marchaba, que no mirara hacia donde iba por si lo capturaban y “cantaba” por las torturas.

Martel no los abrió durante casi veinte minutos, sintió mucha paz, aquel encuentro lo tranquilizó, lo llenó de esperanza, un amanecer rojo se despertaba desde el inmenso mar, sabía que jamás se verían, pero que la verdadera muerte sería el olvido.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Juan García "El Corredera" detenido por la Guardia Civil en 1958

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