viernes, 30 de septiembre de 2016

En lo más profundo del amor alzado

Regalado Antúnez avanzaba lento por la gruta donde la oscuridad era total, sentía una sensación de ingravidez, llegó un momento en que era incapaz de detectar donde estaba el suelo y donde estaba el techo, parecía volar en lo más negro, no sabía en que momento podía chocarse, rasgarse la piel, por lo que iba con los brazos levantados como tocando la nada, esperando en cualquier momento toparse con las cortantes paredes de la inmensa cueva marina.

Eran meses de persecución desde que llegaron las Brigadas del amanecer a las afueras de Santa Lucía, gente del Conde de la Vega, familiares de la Marquesa, los Del Castillo, los Manrique de Lara, los hijos del capitán Soria, el industrial tabaquero conocido como Eufemiano, junto a todo un grupo de niños ricos, que desde la noche del sábado 18 de julio de 1936 comenzaron a detener de madrugada en sus casas a hombres y mujeres, para en unas horas después de todo tipo de torturas y abusos sexuales lanzarlos a la Marfea, en la chimenea volcánica de la Sima de Jinámar, en cualquier pozo de las muchas propiedades de estos terratenientes, la muerte agazapada en cualquier rincón de aquella isla inundada de soledad y terror.

Siguió andando sin ver nada más que lo oscuro y notó en sus pies el agua fría, se agachó un momento, mojó sus manos en el liquido elemento y las llevó a sus manos, era salada, percibió como se enterraba en una arena suave, cálida, húmeda hasta los tobillos, sintió miedo cuando comprobó que algo le rozaba los pies, imaginó que eran peces pequeños, caminó sin parar durante mucho tiempo, no sabían cuanto, quizá minutos, tal vez días enteros, no existía forma de conocer o descifrar lo que parecía la nada, esa especie de camino donde los sentidos se agudizaban, el oído, el olor, la sensación de sentirse libre, protegido en la profundidad de la tierra, alejado de las matanzas masivas, del exterminio programado sobre lo mejor de un pueblo.

De repente comenzó a ver al fondo una pequeña luz, parecía una lámpara de aceite, se fue acercando con cautela y pudo ver a dos hombres sentados junto a un gran charco de agua, estaban comiendo pescado crudo y llenaban una botella vacía de ron del agua dulce que brotaba del techo.

Los también evadidos escucharon las pisadas y se parapetaron asustados detrás de una piedra gigantesca, esperaban lo peor, que los hubieran descubierto los fascistas. Regalado los conoció al instante, eran Diosdado Reyes y Martín Cabrera, compañeros de la Federación Obrera. Los tres se dieron un abrazo largo, lloraron como niños refugiados en el pecho de sus madres, comieron pescado untado con sal marina extraída de las grietas, hablaron durante horas de su deambular durante años por los montes, de los compañeros asesinados, de la traición de aquellos psicópatas que mancharon de sangre todo el territorio insular.

Luego se durmieron profundamente sobre la arena blanca y los callaos, nada interrumpía aquel sueño profundo, a la derecha de la cueva había varios esqueletos envueltos en varias capas vegetales, eran momias de los pueblos originarios, todo parecía mezclarse, el sueño de los perseguidos, la memoria de otra gente masacrada, exterminada por el mismo odio. Los tres se quedaron allí, jamás se supo cuando salieron, ni siquiera si alguna vez vieron la luz del día.

En los acantilados de la costa de Mogán el laberinto de cuevas hace imposible conocer el lugar exacto, la memoria nos dice que allí siguen alzados, que su legado de resistencia está presente, que de alguna forma mágica se enfrentan a las construcciones de los mafiosos especuladores, hijos y nietos de los asesinos responsables directos del genocidio isleño.

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Necrópolis guanche de Uchova en el municipio de San Miguel 
de Abona en el sur de la isla de Tenerife.

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