jueves, 4 de agosto de 2016

Las entrañas ancestrales del misterio

Mientras se arrastraba con la pierna ametrallada, Ambrosio Ruano, recordaba el momento preciso de la detención en la casa de Dolores. El dolor no lo dejaba pensar y el torniquete en el muslo le hacía muy difícil mover los dedos de los pies, no sabía dónde estaba, solo que cerca del barranco de Tenoya, en medio de una vegetación frondosa, transición con laurisilva, el piso de vegetación canario donde el agua y la humedad inundan las hojas y el barro de la tierra colorada.

Logró desatarse y lanzarse del camión en marcha horas antes, en aquella curva después del cruce de Cardones, los fascistas le dispararon cuando se abalanzó barranco abajo en plena oscuridad, en ese instante notó como las balas le atravesaban él fémur, un fuego que le quemaba toda la pierna desde los dedos a las ingles.

Un grupo de falanges partieron tras el al instante, disparaban a cada sombra que se movía, parecía una guerra pero perseguían a un hombre solo y herido, el atronador ruido de los máusers que despertó a todo el pueblo tenoyero, a los escasos vecinos que habitaban la barranquera por donde corría el agua de la Fuente Agria de Teror.

Por un rato dejó de escuchar los disparos, parecía haber despistado a los perseguidores, se recostó bajo los tiles, vio a un búho chico mirándolo a pocos metros, la madrugada comenzaba a inundar aquel paraje legendario, el canto de las lechuzas blancas, que parecían brujas volando en silencio, impresionaba al joven Ruano, el olor a tierra mojada, a estiércol ancestral, los restos de la antigua Selva Doramas, el luchador indígena, guerrillero de la resistencia contra la brutal invasión castellana.

Le vinieron a la mente muchos momentos de su vida, el cariño de su madre, la muerte de su padre de tuberculosis con seis añitos, el primer día de colegio con Don Manuel, el buen maestro anarquista que le mostró lo importante que era respetar la naturaleza, aprender del vuelo de los cernícalos, el universo que había en los ojos de cualquier ser vivo. Todo se le venía a la mente en medio del inmenso dolor de la pierna destrozada, la sangre negra seguía saliendo mojando el barro ancestral.

Siguió rectando cuesta arriba hasta encontrar un pequeño agujero, parecía una madriguera de conejos que su cuerpo flaco y pequeño pudo atravesar, introduciéndose en una cueva que se agrandó al traspasar el estrecho espacio, una oscuridad total pero notaba que estaba en un lugar con los techos altos. Allí se quedó quieto, se apretó más la venda, puso la pierna en alto para evitar desangrarse y se quedó dormido, seguían escuchándose los disparos de aquellos enloquecidos criminales sedientos de sangre.

Al amanecer un hilo de luz entró por la minúscula rendija que despertó al pobre Ambrosio, alucinado vio que estaba en otro mundo, pensó que estaba muerto, que había hecho un viaje en el tiempo. Al fondo de la caverna había un camastro de piedra con pieles de cabra, en el suelo de arena roja varios recipientes de barro intactos, algunos con cereales dentro casi fosilizados, en la pared varios garrotes colocados ordenadamente por tamaños, en un rincón varios restos humanos, huesos de cinco cuerpos, al observarlos eran de una mujer con pelo largo y rubio en el cráneo, collares de caracoles en su cuello, pulseras de huesos, restos de las vestimentas, tres niños de varias edades y uno vestigios de alguien mucho más alto. El perseguido observó que eran de un hombre, quizá una pareja con sus chiquillos escondidos de la persecución de las tropas de los llamados “conquistadores”, que vinieron del otro lado a esclavizar y asesinar a un pueblo libre, quedarse con sus tierras y destruir una cultura originaria, la que habitaba las Islas Canarias hacía más de tres mil años.

El muchacho evadido encontró el lugar ideal para refugiarse mientras más de cien fascistas lo buscaban por toda la zona, desde Tenoya hasta Arucas, Firgas, Moya, Teror, Bañaderos, sin encontrar rastro del militante de la CNT, el libertario que estaba en todas las huelgas agrícolas, odiado por terratenientes y poderosos.

Siguió andando apoyado en uno de los garrotes hacia el interior de la gruta que cada vez se hacía de mayor tamaño, más restos humanos, parecía un refugio de los últimos momentos de la guerra de resistencia, gente que prefirió morir de hambre antes que entregarse a los hombres de las armaduras, los caballos, las cruces y las espadas.

De repente miró hacia el techo que se abría en una especie de cúpula por donde entraba luz de otros agujeros similares al de la entrada, un lugar desconocido, jamás pisado desde hacía cientos de años, encontró un manantial donde pudo lavarse las heridas, refrescarse, beber un agua con un sabor y un frescor asombroso.

Se tumbó relajado en aquel remanso de paz y volvió a dormirse, soñó con hombres y mujeres cubiertos de pieles alzados contra los invasores, con un mundo imaginario donde todo se repartía, donde no existía la propiedad privada y el mejor momento del día era acariciar a los hijos antes de dormirse.

Entró en un sueño profundo, sintió el mismo placer de cuando era casi un bebé de dos años, los momentos en que su mamá Luisa, embarazada de su hermana Candelaria, le acariciaba el pelo en la cunita construida con cajitas de tomates.

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