viernes, 19 de agosto de 2016

La piel salada de Aruma

Ya había dado todo por perdido, deambulaba por la playa de El Confital sin rumbo a las tres de la mañana, buscando un lugar donde quitarse la vida, siempre ese miedo le venía a la mente, el momento de la muerte, ser capaz, tener la suficiente valentía de arrojarse al vacío, adentrarse en el mar y ser absorbida por las olas, imaginó esos segundos en que el agua salada se le metía en los pulmones, pero sabía que aunque se asfixiara sería una muerte dulce, una especie de sirope de sabia, pero había que vivirlo, todo eso pasaba por la mente de Aruma mientras caminaba en la noche viendo las hogueras de los isleteros, los que burlando a la policía local hacían los asaderos en el terreno baldío del antiguo barrio de chabolas.

La muchacha había sido desahuciada de la casa del barrio del Atlántico semanas antes, sola después de la separación del hijo de puta de su marido, los tiempos de violaciones y palizas sin atreverse a denunciar por miedo, quizá por pena o por resquicios de aquel amor lejano, atávico, el que la recogía las tardes de sábado en el viejo Alfa Romeo con la puerta rota, la nave de los sueños, para irse a los lugares oscuros donde los amantes dibujan los parajes embravecidos de la ternura, la pasión, el sexo ilimitado. En resumen, el potaje de los sueños, una vida de cardenales, golpes, penetraciones a la fuerza, la boca de Ramón oliendo al barato ron Carta de Oro, el tabaco negro y el amargor de la coca en su saliva, la violencia que destrozaba las entrañas de aquella niña de pelo rubio rizado, la que fue apreciada en los tiempos de los Comités Anti OTAN, admirada por su capacidad de lucha en cada acción nocturna, en cada asamblea interminable en los rincones perdidos de Vecindario.

Se adentró en la húmeda arena, las olas parecían acariciarle las piernas, las estrellas se reflejaban en el manto oscuro y marino, el agua le llegaba al pecho desnudo, un frescor que no generaba frío, más bien un calor que parecía envolver su cuerpo bajo aquella noche de agosto.

Cuando ya decidió dejarse hundir y llevar por el líquido eterno algo tropezó con ella, un bulto grande que golpeó su cadera, un material rasposo, un saco pesado que flotaba, nadó hacía donde las piernas se mantenían en la arena y vio en la orilla el inmenso fardo. 

Lo arrastró hasta la tierra seca como pudo, pesaba mucho, envuelto en varias capas, en la última de plástico estaba el hachís, como cien kilos, un olor profundo, muy fuerte por la pureza de la droga.

Hizo un enorme agujero y enterró aquel misterio que venía del horizonte, se fue vistiendo lentamente, sintió ganas de volver a vivir, allí había mucho dinero, pensó, recordó como en las noticias la gente avisaba a la policía cuando encontraba algo parecido, ella jamás les avisaría, tenía la oportunidad de enmendar su vida, tener un techo, pan, dinero para vivir dignamente.

Marcó con piedras y uvillas de mar el lugar secreto, partió lentamente a la casa de Jonay, se presentía un tiempo clandestino, vender trocito a trocito el regalo del inmenso gigante acuático, la noche se inundó de una brisa perfumada, entre salitre y flores de los riscos, la metralla de los sueños parecía incrustarse en el rincón misterioso y desconocido de su corazón destrozado.

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Ilustración de Neil RODGER, “seated woman looking at the sea”

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