martes, 9 de agosto de 2016

En el circo del paredón

Era la hora de los fusilamientos en el campo de tiro de La Isleta en Las Palmas, cientos de falanges, curas, damas de la oligarquía, militares chusqueros semianalfabetos, requetés de apellidos nobles, no podían perderse el espectáculo. Conocían los horarios, sabían en qué momento asesinarían a los paisanos, a los defensores de la democracia, los que detenidos esperaban el dictamen del Consejo de Guerra, el día y la hora de la masacre, del momento en que iban a ser atravesados por las hirvientes balas del pelotón.

Varias mujeres bien vestidas llegaron en coches negros lujosos subiendo e camino polvoriento desde el bario de La Isleta, los falanges les lanzaban piropos a las hembras bien vestidas, la soldadesca disfrutaba con la inminente muerte, con la sangre y las pantorrillas limpias y blancas de las damas de la alta sociedad.

Los paisanos eran sacados atados de los barracones, la multitud aplaudía el inminente fusilamiento, parecía un partido de fútbol del Victoria contra el Marino en el Campo de España, insultaban a los reos: “Hijos de puta”, “rojos de mierda, maricones”, era el grito, mientras los curas con toda su parafernalia de cruces, monaguillos, crucifijos, rosarios, sahumerios y bendiciones inundaban el recinto del campo de tiro, algunos ensotanados pistola al cinto para dar el tiro de gracia en la nuca después de la extremaunción.

Luego solo la sangre, los tiros de gracia, vivos o muertos, algunos cuerpos con horribles contracciones acribillados por los esbirros del pelotón, los estruendos emocionaban a la multitud, las familias de la nobleza que traían hasta niños para ver el “acontecimiento”, como quien acudía a una selecta fiesta de la muerte, para ver las vísceras y masas encefálicas inundando el suelo volcánico.

A la recogida de los muertos llenos de agujeros de bala, introducidos en el “camión de la carne” que recorría la calle La Naval, Albareda, Faro, el Parque de Santa Catalina, para seguir dejando un reguero de sangre hasta el cementerio de Las Palmas, donde las fosas esperaban abiertas, saladas por la proximidad del mar, los cuerpos ensangrentados de sus hijos.

El selecto público partía cada día al final de los asesinatos a tomarse algo a los bares de La Isleta, a veces algo de pescado asado con mojo verde y papas arrugadas a El Confital en la Playa de Las Canteras. Comentaban como había estallado la cabeza de algunos, la sangre a chorros desde el pecho, los que quedaban vivos pidiendo por sus hijos y esposas agonizando, todo un show para mentes criminales, que luego se iban a sus casas a dormir a sus hijos como si vinieran del circo o la verbena.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Criminal fascista de lesa humanidad y compinche  heredero

1 comentario:

  1. Todo sea por el bien de la patria, ¿no? Pero mejor no especifiquemos de la patria de quién...

    Saludos,

    J.

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