viernes, 22 de julio de 2016

La tierna fragancia de la insurgencia

A Chano

La policía armada corría despavorida por el laberinto de calles de La Isleta, la gente desde las azoteas les tiraba lavadoras viejas a los “putos grises”, neveras inservibles y has bidones de amianto o aceite y agua hirviendo. Los esbirros uniformados le lanzaban piedras sacaban sacadas del asfalto a pico y pala, si alguien estaba a punto de ser detenido se abría una puerta:

-Pasa mi niño, aquí estarás a salvo de esta manada de cabrones asesinos.

También las mujeres daban paños mojados en agua y manzanilla para quitar la ceguera de los gases lacrimógenos.

Por varias semanas el barrio de Las Palmas, el que siempre huele a mar, estuvo liberado, tenía su propio “gobierno” en cada barricada, en el fuego reparador, en los voladores “esrabonados” que eran lanzados contra estos “hijos de puta” al servicio del gobierno colonial español. Fuegos artificiales que salían de los peculiares cañones de tuberías de hierro contra los criminales fascistas, los perros de presa del genocida Ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa.

En cada esquina de la humilde población se respiraba revolución, insurgencia, ese aroma a fuego y perfume de mujeres libertarias, sudor heroico y sangre obrera en cada esquina.

Si andabas las piedras formaban parte del suelo, casi no quedaba asfalto y las aceras estaban destrozadas, los antidisturbios no se atrevían a entrar, el barrio era un hervidero de asambleas, reuniones en las calles y plazas, pintadas, consignas, brisa insurgente.

El gobierno del falangista Suárez, comenzó a fletar aviones de policías sicarios, expertos en todo tipo de movilizaciones en cada rincón de España, poco a poco fueron recuperando lo perdido y se fueron internando en cada rincón de aquel pequeño reducto revolucionario, detenciones masivas, torturas, maltrato, hasta lograr esa “normalidad” que siempre buscan los estados terroristas.

Luego llegaron los acuerdos sindicales, las negociaciones a espalda de los trabajadores, cediendo de parte y parte, jubilaciones a los 55 años cobrando el ciento por ciento, para a los pocos años ir bajando progresivamente, hasta quedar con un sueldo de supervivencia.

Ese pequeño foco de esperanza, de estallido, tan necesario demostró que aún era posible recuperar todos los derechos robados, el primen gran estallido después de una dictadura sanguinaria que asesinó a más de 5.000 canarios a partir del golpe de estado del 36.

Todavía si recorres las calles de La Isleta se percibe esa energía de lucha, aunque actualmente en las elecciones siga ganando la mafia, esa sensación rebelde que impregna otras ciudades del mundo como Santiago de Chile, Buenos Aires o La Habana. La calidez de lo posible, dentro de esta inmensa prisión neoliberal que llaman sociedad humana.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Foto huelga flota congeladora de ANACEF. 1988. La Isleta

No hay comentarios:

Publicar un comentario