sábado, 23 de julio de 2016

La cacería de la dignidad

Carmelo y Ferrán habían soltado pronto los podencos y el perrillo ratonero al que conocían por “Artista”, que tan bueno resultados les daba, todavía amanecía y se veía Agaete entre la niebla con el inmenso azul, la isla de Tenerife como cada mañana en el horizonte, no tardó mucho en salir el primer conejo que fue abatido por el disparo certero del catalán trabajador en correos del municipio de Galdar.

Todavía no había empatillado la primera pieza cuando “Mulata”,  la perra recién parida, comenzó a ladrar con sus tetas colgando en un pequeño majano de piedras, junto a los pinos de Tamadaba, los hombres apuraron el paso.

-Échale la hurona jodío. –Dijo exaltado Carmelo- Seguro de que otro lagomorfo estaría refugiado bajo las seguras y cálidas piedras humedecidas por el rocío.

Rodearon el montículo en la ladera, mientras el catalán sacaba del corcho el mustela putorios furo, una hembra de raza gallega, pequeñita pero muy fiera, había que agarrarla con guante para evitar sus mordidas. La soltó sobre las piedras y enseguida olió el rastro del conejo, se introdujo muy adentro, se perdió de vista y en eso se oyeron unos pasos, unas voces roncas y varoniles.

Era una cuadrilla de hombres armados vestidos de azul, falangistas, comandados por el tinerfeño Tomás Marichal. Los cazadores se quedaron helados de miedo, los perros les ladraban.

-¿Tienen uno encerrado bandidos? Esta zona es buena de conejos. –Dijo con la boina, los correajes y la pistola al cinto Marichal- detrás un grupo de falanges integrado por diez soldados, que traían a dos hombres con aspecto de jornaleros atados con las manos a la espalda.

Chicos jóvenes, de apenas veinte años, con la cara destrozada por los golpes, las camisas blancas ensangrentadas y el más pequeño de estatura con el ojo colgándole de la cara.

-Nosotros también hemos cazado esta noche, pero a dos conejos comunistas, los cogimos “echados” en las cuevas de Punta Faneque, se creían que no íbamos a encontrarlos. –Dijo con tono burlón el jefe fascista-

En ese momento se escuchó un estallido bajo las piedras y los chillidos del conejo, la hurona lo había mordido, los cazadores se quedaron intactos, ni siquiera levantaron sus escopetas.

El conejo salió despavorido a toda velocidad subiendo la ladera, mientras los falangistas le disparaban con los fusiles, un estruendo que parecían truenos, mientras el animal caía muerto deslizándose inerte hacia ellos. Marichal lo agarró, todavía movía sus patitas y le estiró el cuello hasta matarlo.

-Es buena esa jodía jurona coño, me la vas a tener que prestar. –Afirmó en un tono marcial-

Carmelo se la entregó y el jefe falangista pidió una bolsa de fieltro de las que usaban para las cebollas en el norte de la isla, ordenando que trajeran a Miguel García, el joven que había perdido el ojo y que sangraba profusamente por la cuenca vacía.

-Pónganlo a cuatro patas, colóquenle la bolsa en la cabeza y metan la jurona dentro.

Los falanges se quedaron paralizados ante aquella petición siniestra, pero de inmediato hicieron lo que pedía.

Al momento el joven García empezó a dar alaridos ante las mordidas de la hurona, que le destrozaba la cara, la cuenca del ojo, los labios, la nariz.

Los dos cazadores, Carmelo y Ferrán, estaban asombrados, los perros miraban paralizados, no entendían lo que sucedía, los gritos de Miguel se escuchaban hasta en el Valle de San Pedro, más abajo del antiguo yacimiento de los pueblos originarios.

Emitió alaridos casi durante una hora, movía las piernas, trataba de zafarse de la brutal tortura, hasta que se fue quedando cada vez más quieto, movimientos más lentos, hasta que dejó de moverse.

-Ya está, ya está, quítenle la puta bolsa, saquen la jurona y métanla en el corcho que me quedo con esta fiera. –Dijo entre risas el jefe Marichal-

La cara de Miguel estaba destrozada, tenía devorada la nariz y el ojo que le colgaba, le faltaba una oreja, era tan desagradable la imagen que varios de los falanges se vomitaron.

-Ustedes no han visto nada o aténganse a las consecuencias- -le dijo a los cazadores uno de los falangistas de nombre John Milberne, con acento inglés y que vivía en una hacienda de Santa María de Guía-

Una vez que los dos hombres aterrados ataron los perros y se marcharon a toda velocidad hacia El Hornillo, le dispararon en la nuca al otro muchacho de nombre Jaime Santana, vecino de La Aldea de San Nicolás, sindicalista de la Federación Obrera.

Los llevaron entre varios dentro de sacos de plátanos hasta una grieta muy cerca de la finca de Tirma, donde pensaban desayunar después de la cacería nocturna.


La hurona asomaba su húmedo hocico por los agujeros del corcho, veía todo, seres de dos patas que felices disfrutaban entre risas y fiestas de la leche de cabra, la manteca y el pan recién hecho del inmenso cortijo, sabía que tenía otro dueño.

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