jueves, 28 de julio de 2016

La arrimada de aquel fuego

Después de la carga policial por llevarle maletas a la criminal flota de la OTAN en el Puerto de la Luz, Teresa y Damián avanzaron hacia el laberinto de calles de La Isleta, se veía gente apaleada, ensangrentada en las esquinas, puertas que se abrían para acoger a quien se manifestaba contra los criminales de lesa humanidad.

La pareja corrió hasta Las Coloradas, allí ya no habían polizontes, solo alguien que con mucho miedo se asomaba a la rendija de la ventana ante el estruendo de sirenas y disparos de los gases lacrimógenos. Siguieron andando de la mano, aferrados como un solo cuerpo y bajaron el sendero de la playa del El Confital, el muchacho encendió el mechero de gasolina para no caer por el precipicio de las Cuevas de los Canarios, cada instante sentían más el olor del salitre, el ruido de las olas rompiendo en el paraíso natural, el sonido de la gente en las chabolas, olor a hachís y ron barato, pero se alejaron de cualquier resto de civilización, también de la miseria de los desheredados que habitaban en la ciudad de la tristeza.

Se adentraron en la parte más oscura y salvaje donde la arena acariciaba sus pies traspasando las sandalias de cuero artesano, Teresa tarareaba un canción de Lennon, no sabían casi nada de inglés, pero les inspiraba liberación, algo salvaje como el beso que se dieron en la boca al llegar a la frontera de la zona militar, a pocos metros del campo de tiro donde asesinaron a cientos de hombres desde el golpe de estado fascista del 36.

Ella le quitó la camiseta blanca Lee Jeans, hacía calor, se abrazaron en un paramo desconocido muy cerca de la espuma que fluía del inmenso Atlántico, el resto ya fue saliva, ropa que volaba entre la arena todavía caliente, dos cuerpos desnudos entregados a la tarea revolucionaria del amor ilimitado.

Después del mutuo estallido se quedaron quietos, en una calma solo interrumpida por el canto relajante de las pardelas cenicientas, pegaditos, casi un solo cuerpo, revueltos de arena, el pelo rubio de la muchacha parecía ser parte de la melena del joven de Zarate, se conocieron huyendo de la puta policía, en el momento en que a ella la apaleaba un gordo agente del desorden del corrupto régimen, atrapada en un portal de la calle Juan Rejón, ese momento de rabia en que golpeó la cabeza del esbirro con una dura tabla de madera, logrando emprender la huída entre los botes de humo y los disparos al aire de aquellos criminales.

El resto fue una especie de balada libertaria, donde el sabor de los besos sustituyó las consignas por la paz, contra el asesinato de niños africanos, miles de maletas quedaron tiradas en la calle Albareda entre el humo infernal que aquella jauría criminal generó en menos de unos minutos.

Pero en la playa no pasaba nada, dos seres que habían olvidado hasta sus nombres aguardaban ese instante infecundo en que parece que el tiempo no existe, allá lejos al otro lado del mar sabían que también se luchaba, el olor más sexual y marino acompasó aquella sonata de amor entre el sueño y la memoria.

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