jueves, 7 de julio de 2016

El vuelo de Arminda

La sacaron a golpes de la casa de Belgrano, los militares esposaron a la joven Arminda en el segundo derecha de la calle Simón Bolívar, en la parte remota de la ciudad de Buenos Aires.

Su padre Antonio Cubas, más conocido como “El Isleño”, estaba paralizado mientras era vigilado por un hombre armado que le puso el cañón de su fusil en la nuca. La chiquilla que cumplía ese mismo mes los 18 años era miembro del Sindicato de Estudiantes, fue consciente desde un principio de que no la vería nunca más, que se la llevarían a uno de los centros de detención para torturarla y desaparecerla, seguramente arrojándola desde uno de los vuelos de la muerte a las frías aguas del Río de La Plata.

El mismo modus operandi que a partir del golpe de estado del 36 en Canarias, detenciones casa por casa, violaciones brutales, asesinatos, desapariciones, ejecuciones, había pocas diferencias, el mismo grado de maldad, de sadismo ilimitado que los fascistas españoles.

La muchacha lo miró con ojos llorosos, un brillo de despedida, un instante antes de ser introducida a la fuerza en el camión repleto de gente joven arrodillada y maniatada.

Antonio logró gritarle:

-¡Te quiero mucho mi amor! ¡Te buscaremos! ¡Te buscaremos! ¡Resiste! ¡Resiste cariño, luz de mi alma!

El hombre se quedó derrumbado en la puerta de su casa, vio como el camión se perdía al fondo de la cuadra, otros vehículos pasaban a gran velocidad, también con personas detenidas, “El Isleño” rendido, vencido, pegó la cabeza al suelo y todo parecía una pesadilla, pero no lograba despertarse, la brutal realidad lo golpeaba como el guante de hierro de un boxeador invencible.

No fue suficiente, pensaba, con que hubieran asesinado a todos sus compañeros, a su mujer, a su padre, a sus cuatro hermanos en la isla. Los años de persecución, de campo de concentración, hasta el momento de la evasión, la eternidad de la huída por la cumbre de la isla hasta lograr embarcar clandestinamente hasta Senegal, la posterior salida hacia la Argentina, el reinicio de su vida, el exilio, la tierna acogida del hermano pueblo sudamericano, los años de libertad y amores infinitos.

A los pocos días del secuestro de Arminda supo por varias fuentes que la tenían en el centro clandestino de detención y tortura, Automotores Orletti, ubicado en la calle Venancio Flores, esquina Emilio Lamarca, de la Capital Federal, usado por la dictadura entre los años 1976-1983 como campo de exterminio.

Era conocido, entre otras aberraciones, que los torturadores metían ratas en las vaginas de las mujeres detenidas, que podían pasar varios meses sometidas a todo tipo de abusos y maltrato inimaginables, hasta el momento de la desaparición y la muerte.

Antonio se presentó en el taller mecánico, allí le dijeron que no sabían nada de Arminda, que en ese lugar solo había una actividad relacionada con la reparación de autos, jamás supo de su hija.

Volvió a Canarias sobre el final de los años ochenta ya muy viejo y enfermo, al día siguiente fue con su sobrino a la Sima de Jinámar, allí se sentaron casi dos horas, rememorando a los compañeros asesinados, a su amada hija mientras lanzaba al abismo volcánico una rosa roja.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Dibujo: Escena de tortura a una mujer en un centro de detención ilegal de la Operación Cóndor

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