martes, 5 de julio de 2016

El triple abrazo

El “Che” legendario miró sonriente a los dos canarios de Tenerife y La Gomera, Ignacio y Manuel, sabía lo que habían pasado para subir a la Sierra Maestra, resistir la clandestinidad en la bella Santa Clara durante años de brutal represión.

-Hermanos, se que han dado todo en esa lucha por la libertad allá en la querida España republicana, ahora aquí solo les puedo ofrecer un fusil para los dos, clases de alfabetización en los bohíos, este espacio de tierno compromiso. –Dijo con voz queda el Comandante con la estrella roja en la boina-

Los dos hombres de casi cincuenta años, canosos, flacos, con sombrero de palma, no dijeron nada, solo lloraron de pura emoción, llovía de forma tenue sobre la selva, un repetitivo canto de pájaros desconocidos parecía amenizar aquel encuentro con el guerrillero heroico.

Se acercaron al barbudo y se produjo el triple abrazo, lagrimas en los ojos, el argentino olía a tabaco y sudor añejo, una mezcla de flores y perfume de pólvora, el resto de insurgentes miraban emocionados la escena, mientras en lo profundo de aquel bosque de leyenda se organizaba la nueva primavera.

Luego los acomodaron en una de las chozas del poblado, Ernesto Guevara partió presuroso con varios hombres a un destino desconocido, a paso muy rápido, armados hasta los dientes, al rato les trajeron arroz con frijoles, café caliente y la noche de repente los envolvió, el sonido de animales desconocidos, alguna ráfaga de ametralladora en la lejanía interrumpía el latido de la naturaleza.

Los dos hombres se recostaron en las hamacas y fue inevitable recordar a los camaradas asesinados, como la misma noche del 18 de julio del 36 comenzaron los asesinatos, casa por casa en La Palma, en El Hierro, en La Gomera, en Tenerife, donde miles de canarios fueron arrojados al mar, a pozos, a simas volcánicas, pasados por las armas en ilegales consejos de guerra.

Nacho recordó a los hermanos Ascanio, a María de la Rosa, a Juan Fumero, a Salvador Guerra, a tantos hermanos y hermanas masacrados por los asesinos del yugo y las flechas, el momento en que pudieron escapar hacia Cuba en aquel viejo barco de vapor desde el Puerto de Las Palmas, el inmenso terror de la posibilidad ser atrapados, torturados hasta la muerte.

Ya en Cuba se unieron al Partido Comunista, viejos amigos de su fundador, el palmero, José Miguel Pérez, fusilado en Tenerife en el Barranco del Hierro, junto a cientos de compañeros.

Primero en La Habana y más tarde en Santa Clara militaron en la resistencia a la dictadura de Batista, hasta verse tan perseguidos que no tuvieron otra opción que unirse a la insurgencia de las montañas.

Los dos se fueron quedando dormidos, agotados, hablando bajito, les esperaba una inmensa aventura, la lucha de liberación del pueblo hermano, afuera se respiraba la oscuridad y el misterio, la tranquilidad de lo salvaje, el olor puro y húmedo, el sonido de una guitarra guajira, casi un arrorró para quienes iban a entregar sus vidas en defensa de la dulzura y el amor revolucionario.

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Durante la Batalla de Pino del Agua, Fidel Castro y el Che Guevara hablan con un compañero rebelde
 que acababa de llegar de espiar a las tropas de Batista, en la Sierra Maestra, Cuba, 1958. Foto de Enique Meneses.

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