viernes, 15 de julio de 2016

18 de julio entre la sangre y la llovizna

En la celda de la prisión de Barranco Seco en Las Palmas, apenas había espacio para moverse, la aglomeración de presos superaba todos los límites, en un espacio para cuatro personas se hacinaban quince, dormían en el suelo unos pegados a otros, eran frecuentes los abusos sexuales, sobre todo con los más jóvenes que llegaban sin conocer a nadie de su pueblo o barrio. En este caso algunos de los “veteranos” se lo “adjudicaban” para violarlo durante días o meses.

A ese lugar de terror y muerte llegó Servando García, detenido por la Guardia Civil mientras repartía propaganda de la CNT en la factoría de pescado de Guanarteme, lo tuvieron varios días en la comisaría de la Plaza de la Feria sometido a todo tipo de torturas, le estallaron un testículo y le paralizaron uno de los riñones de los golpes y patadas brutales.

Su hermosa juventud, apenas veinte años, fue un verdadero problema cando ingresó, solo había un preso político de Lanzarote, un señor mayor comunista, apellidado Sangines que tenía una grave enfermedad mental por los golpes en la cabeza de los policías y falangistas, se vio solo y de forma inmediata un preso común de El Risco de San Nicolás lo tomó como “puto”, sometiéndolo a todo tipo de abusos durante meses, uniéndose ocasionalmente varios presos y funcionarios que participaron en la violación múltiple contra un muchacho forjado en mil luchas, en todo tipo de acciones contra la dictadura desde que tenía catorce años.

Además de las violaciones, sufría periódicamente las vejaciones, cuando lo sacaban en el jeep de la policía armada hasta comisaría, para sacarle información de sus compañeros de lucha, siempre resistió aquel tremendo maltrato, no dio ningún dato, ningún teléfono, ninguna calle, ninguna información sobre las acciones de los anarquistas en las islas, lo que le genero todo tipo de secuelas físicas, orinaba sangre, apenas podía tragar la comida repleta de bichos, la mayoría de las veces en mal estado.

Andaba como un muerto viviente las pocas horas que lo sacaban al patio de la cárcel, desnutrido, siempre solo, aislado del resto de presos, “El Cachimba” lo requería a los baños, no podía negarse o lo asesinaban, los guardias civiles se miraban cómplices con media sonrisa.

-Le van a dar polla de nuevo a este hijo de puta, tiene que tener el culo más abierto que una jarea. –Decía el sargento Robledano de Sevilla, fumándose un cigarrillo rubio americano-

Esa misma noche, la del 18 de julio del 59, se levantó cuando todos dormían y con un pequeño clavo oxidado se cortó las venas, se quedó mirando en silencio a través de las rejas mientras partía para siempre la llovizna de verano, alguna estrella lejana, quizá otros mundos de fraternidad universal, de esa justicia digna que emana de los más nobles sentimientos de amor de los pueblos.

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