domingo, 5 de junio de 2016

Vuelo de amor desesperado

El fuerte viento del puente de Lomo Blanco, sobre el barranco de Guiniguada, casi le hacía llorar, su cabeza afeitada y la perilla canosa parecían inundarse de agua del rocío, en el bolsillo del pantalón las cartas del banco, la notificación judicial de desahucio.

Luis Carlos se agarraba a la fría baranda de hierro, los coches pasaban a gran velocidad, varios jóvenes borrachos que venían aquella madrugada de El Puerto le increparon:

-¡Tírate ya cabrón!

De su mente no se iban las caritas de sus niñas de cinco y diez años, era lo único que lo mantenía en la Tierra. Se puso de pie sobre el muro ante el abismo, le inundó una sensación de paz, con una sonrisa se lanzó al vacío.

La larga caída, casi eterna, inundó sus fosas nasales de aire a presión, por un momento no sabía dónde estaba el suelo, donde estaba el cielo, la sensación de velocidad en su piel, el fuerte golpe contra el suelo, algo así como un alarido fue el estrepito, el temblor de su cuerpo destrozado, se pensó ya muerto, no le dolía nada, solo parecía sentir un cosquilleo de los pies a la cabeza, la sangre manaba por su boca, por su vientre, por su sexo, tuvo tiempo de recordar, no supo jamás cuanto tiempo, quizá minutos, segundos, décimas de vida, la conspiración del tiempo del que se marcha para siempre.

Recordó cuando nacieron sus niñas, la primera vez que las tomó en brazos, como la mayor lo miró por primera vez, en el momento que tembloroso le digo algo a la matrona, aquella mirada conocida, profunda, de otras vidas, como si la conociera desde siempre, desde lejos, los tiempos felices antes de separarse de su compañera, la firma de la hipoteca en Barclays, como le pusieron la alfombra roja, ofreciéndole más dinero del que pedía, “por si usted desea hacer algún viaje o permitirse algún lujillo”. Como se creyó todo, como pensó que el banco le ofrecía la felicidad, que jamás se vería como ahora se veía, destrozado, agonizando en el fondo del barranco sagrado, por donde el agua corría en los tiempos de los indígenas venidos del norte de África.

No podía moverse, pero veía el cielo, las nubes dibujaban formas indescifrables en el azul limpio del infinito, la sangre caliente le corría por la espalda, por el interior de sus nalgas, no sabía cómo podía estar todavía vivo, escuchaba el canto de los pájaros, el pitido ruidoso y burlón de los mirlos cuando emprenden el loco vuelo.

Fueron instantes de dulzura con el cuerpo destrozado, jamás lo pudo imaginar, pero allí estaba, un amasijo de huesos destrozados, las hemorragias internas fluyendo como ríos subterráneos en el interior de su alma, el discurrir de sus pensamientos, no se arrepentía de lo que había hecho, solo lamentaba el momento en que se enteraran las chiquillas, su madre de casi noventa años, pero consideraba necesario quitarse la vida, o eso o conseguirse una escopeta recortada y meterse en La Caixa, entidad que absorbió su antiguo banco, y hacer una masacre. No quería muertos inocentes, si se quitaba de en medio el seguro de vida cubriría lo que quedaba por pagar, los treinta años de estafa bancaria, sus hijas podrían salir adelante con el trabajo de su madre como maestra sustituta.

De repente sintió una sensación extraña, la sangre le inundaba los pulmones, no podía respirar, nadie venía, nadie lo había visto caer, cerró los ojos con la imagen de las niñas, le vino el olor infantil, esa fragancia trémula, suave, el amor le hizo marcharse para siempre y todo fue como un sueño.

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Pilares del viaducto sobre el Guiniguada y el caserío (Foto: Mingole)

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