martes, 28 de junio de 2016

Serpientes emplumadas

El cura de San José sacó a las dos niñas de la casa de Antonio Chirino, las llevaba de la mano hacia el coche negro que esperaba en la cuesta, cerca de la vieja ermita. Eva y Rosita habían visto como se llevaban a su padre semanas antes, los golpes en la puerta de la “Brigada del amanecer”, los falangistas José Samper, Pablo Samsó, Santiago Ascanio, Juan Cardona, Ernesto Bento, el famoso tabaquero Eufemiano, todos vestidos de azul con pistola al cinto, sus ojos asustados vieron como le ataban las manos a la espalda con la cortante soga de pitera, las patadas en la cabeza y la barriga, para más tarde en la misma cama de matrimonio violar salvajemente a su madre Julita Cabrera, de forma colectiva, uno a uno, haciendo cola entre risas y alcohol en el pequeño patio canario, con la pila de agua y el viejo drago centenario que esa noche parecía tener las ramas negras.

El destino del joven Chirino, jornalero y sindicalista en los tomateros del cacique inglés Emiliano Bonny, era desconocido, nadie sabía nada, solo que después de abusar de Julia, de dejarla semiinconsciente y con la vagina y el ano desgarrados entre un charco de sangre, lo metieron en el camión, donde ya habían más de catorce hombres destrozados, acurrucados, desalados en la oscuridad del vehículo de transporte de los racimos de plátanos de los Betancores.

La Marfea, la Sima de Jinámar, los pozos de Cardones o Arucas, los de Guayadeque o del barranco de Tamaraceite, podía haber sido su fatal destino, cualquier lugar de los cientos donde los fascistas desaparecieron a más de 5.000 canarios en menos de cinco años, al día siguiente del golpe de estado del sábado 18 de julio del 36.

Julia fue internada en un manicomio a los pocos días de la violación múltiple, se comía los dedos, se arrancó el anular y se lo tragó, se comportaba como un animal herido en un rincón del viejo cuarto de la abuela Luisa González. Las chiquillas la miraban asustadas, estremecidas por tanto terror en tan pocas horas.

-Está poseída por el diablo, hay que liberarla por la infinita misericordia de nuestro señor Jesucristo. –dijo Don Benito Fonte, el párroco del barrio capitalino-

-Estas rojas de mierda como viven en pecado viven rondadas por el espíritu de Satanás, es normal que esto le suceda, debemos internarla para siempre a esta hija de la gran puta. –afirmó vehemente el clérigo, mientras se echaba un pizco de ron aldeano junto a Borja de Lugo, el hijo de la marquesa y el capitán Soria, el brutal criminal de Telde, que fueron a visitar a las niñas, mirarlas bien para valorar su precio, los buenos dividendos que sacarían con su venta, ya que varias familias de la península estaban muy interesadas en comprarlas-

Las dos menores rubias como el trigo y los ojos azules, fueron trasladadas en principio a la Casa del Niño en el Paseo de San José, allí las monjas las bañaron con un camisón blanco para que no se vieran su incipiente cuerpo preadolescentes, Sor Lucía Castejón, la hermana más vieja, les hizo tocamientos en sus pechos y en el sexo, mientras las niñas gritaban de terror. Luego las vistieron con ropas donadas por la gente rica de Vegueta, las instalaron aparte de las demás huérfanas, las hijas de los asesinados por el fascismo, para esperar que llegaran las familias “de bien” que pagarían por ellas una buena cantidad de dinero.

Ya en la pequeña camita se abrazaron, no hablaban desde la noche del crimen de su padres, solo se miraban, se acariciaban, durmieron pegadas, calentitas en el frío recinto, soñaron lo mismo, no lo sabían, nunca lo supieron, nubes de colores, serpientes buenas, emplumadas, voladoras, gigantes, mientras su madre las llevaba flotando entre un cielo de caramelo y tortas de carnaval, olía mucho a flores.

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Dos hermanas refugiadas por el franquismo. Fuente: ELPAIS.com

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