lunes, 6 de junio de 2016

La fragancia del amor antiguo

Frasquita nunca supo leer ni escribir, firmaba con la huella dactilar del dedo gordo de la mano izquierda, siempre fue zurda, a veces una equis en los documentos que olían a tinta, a fascismo, a leyes injustas que condenaban a muerte a quienes no albergaran las ideas criminales en lo más profundo de su mente.

Encarcelaron a su amado Juan Tejera aquella noche que lo fueron a buscar a la humilde casita de Tamaraceite, los hijos, la hija Lola miraban como se lo llevaban engrilletado con las manos a la espalda, cabizbajo, mientras el cojo Acosta, abusador sexual de niños, lo azotaba con la vara de acebuche.

-Yo no he hecho nada cabrones, malditos fascistas, soy un hombre honrado. –Les dijo mientras bajaba el callejón de San Lucas hacia el campo de concentración de La Isleta-

La desolación inundó la casa cuando Juan ya no estaba, los chiquillos lloraban, Lola con solo nueve años acogía a sus hermanitos pequeñitos refugiados en las cajitas de tomates, hacía de madre en su infancia madura por la violencia y el crimen de estado.

Medio pueblo de Tamaraceite estaba siendo torturado, las mujeres y la niñas violadas por las hordas falangistas.

Manolo y Juan se acurrucaron junto a la cabra “Matilda” con el ubre repleto de leche, el animal los acogía como si supiera lo que estaba pasando, Lola no paraba de llorar, quería demasiado a su padre, José se quedó abrazado a su madre, mamaba de sus pechos grandes y dulces, era como un refugio entre la maldad que inundaba cada rincón del pueblito canario, el antiguo paraíso de ternura republicana, de esperanza y luz, ahora cegada por lo más brutal y cruel de la especie humana.

Lola sigue luchando por encontrar esa fragancia de amor eterno
La casa con la cueva de los antiguos canarios parecía más grande que nunca, las gallinas dejaron de cacarear, no ponían huevos, el perrillo ratonero negro y blanco ya no movía el rabo, la tristeza. La madre preparaba la cena, un caldo de papas con cilantro, un olor que inundaba aquel espacio de tristeza, mientras Juan era torturado en el calabozo del antiguo Ayuntamiento, Pernía lo azotaba con la pinga de buey, Manolo Acosta disfrutaba viendo su cuerpo desnudo, Penichet le tiraba de los testículos con los alicates, Gustavo de Armas disfrutaba junto a Ezequiel Betancor del espectáculo dantesco mientras tomaban ron del charco, borrachos pedían más, más brutalidad, sobre el cuerpo destrozado del pobre jornalero picador de piedras.

Francisca González los acogió a todos, a Lola, a Juan, a Manolo, a José, Javier todavía no había nacido, estaba nadando en su vientre como una semilla perdida en un océano infinito. Se durmieron abrazados en el camastro de paja, los gritos y lamentos se mezclaron con el canto desesperado de los alcaravanes. La luna llena brotó sobre la montaña de San Gregorio, Tamaraceite olía a sangre y plataneras masacradas, algo así como la fragancia de la eternidad.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Juan Tejera Pérez

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