lunes, 20 de junio de 2016

Incierto presagio

En la estancia de al lado estaban los cuerpos de los cinco hombres fusilados, olía raro, como a una mezcla de pólvora y sudor frío. El tiro en la nuca se lo dieron a Matías López en el ojo izquierdo, la bala le salió por la sien, todos parecían bebés acurrucados en el suelo, como esperando el amparo maternal imposible, desamparados por el brutal estruendo que les atravesó el pecho como una bola de fuego. Los hijos de Pancho lloraban más allá de los arenales, el camión partió hacia la fosa común y el reguero de sangre marcaba el camino, la señal más terrible, desde La Isleta al cementerio de Las Palmas.

La gente miraba sin pararse por miedo al paso del vehículo, su avance lento dejaba entrever lo que había dentro, cuerpos amontonados unos sobre los otros, una energía desconocida, la que se produce cuando se junta todo el dolor, el odio más feroz que solo puede partir de mentes criminales, las que dejaron una estela de muerte, más de cinco mil canarios asesinados tras el golpe de estado del 36.

A la altura de la calle Albareda un brazo quedó colgando con un reloj de pulsera destrozado, gotas de sangre manando de los dedos morenos, ningún falangista hizo nada, la mano parecía señalar a quienes miraban desde las ventanas y las azoteas, se cerraban las puertas al paso de la caravana de la muerte, un silencio sepulcral que atravesaba las Alcaravaneras, la soledad de las dunas, la oscuridad de la calle Triana y el colonial barrio de Vegueta en aquel lluvioso y triste día de marzo.

En el exterior del cementerio varias mujeres vestidas de negro con pañuelos en la cabeza, la guardia civil custodiando la entrada de los camiones, las fosas abiertas manaban sangre, cientos de cuerpos eran arrojados de uno en uno, algún tiro en la nuca si alguna de las víctimas se movía o parecía seguir respirando.

Aquel sangriento rigor, una especie de ritual terrorífico que inundaba el corazón muerto de la vieja ciudad, una urbe para el crimen, mientras en cada rincón de las islas eran asesinadas miles de personas, no había escapatoria del laberinto, solo presagios terribles, también campanas en la catedral que tocaban a rebato el son de la muerte, sotanas manchadas de sangre daban la comunión en cada parroquia, confesaban a quienes seguían creyendo que un Dios superior estaba detrás del genocidio, la construcción de un mundo de razas superiores, consignas y arengas, la patria más tenebrosa, siniestras flores negras, el incierto futuro.

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