sábado, 25 de junio de 2016

Hacia el infinito temblor del horizonte

El pequeño barquillo rondaba ya las aguas oscuras de Taganana, hacía dos días que había partido del Puerto de Agaete, repleto de hombres y mujeres, entre ellos, Alberto Góngora, el joven anarquista gallego en plena huída de la brutal represión en la isla redonda, albañil de profesión, sindicalista, pintor en sus horas libres de cuadros que nadie entendía, algo así como surrealismo, trazos irreales, dibujos amorfos de árboles repletos de hojas irreconocibles, alguna sombra entre la turba de nubes rojas, azules, verdes, como la hierba de los sueños.

Por un instante en la negra noche se acercaron a la costa, allí subió más gente, tristezas andantes, desconocidas, que venían de una barcaza de los pescadores solidarios de San Andrés, dos mujeres, un niño pequeñito, tres hombres, uno con boina y una raída chaqueta gris. Se acomodaron en el pequeño espacio de cubierta, el viejo Matías Cúrbelo de La Isleta les alcanzó varias mantas viejas, hacía frio, el mar del norte los dirigía hacia la América lejana, Venezuela, Argentina, quizá Brasil, la búsqueda de aquel anhelo, escapar del terror, del genocidio que había comenzado la noche del sábado 18 de julio del 36.

El inmenso océano estaba revuelto, las olas azotaban la frágil madera de la embarcación atunera, ahora convertida en el refugio de gente maldita, perseguida, sin esperanza, tratando de sobrevivir el embate terrible de la historia.

Cerca de Alberto se sentó Mónica Zaragoza, la joven maestra republicana de La Matanza, se miraron un instante, la cara de niña, sus gafas redondas, el pelo negro recogido, el abrigo marrón que olía a perfume del salitre, iba sola también, no quedó nadie vivo de su familia, los mataron a todos, a sus hermanos, a su padre, al abuelo dirigente obrero en el sur, cerca de Arona. Ella tuvo la suerte de escapar, de recorrer media isla andando junto a los compañeros, pasar varias noches entre la niebla y la lluvia del bosque de Anaga.

Los dos allí solitos, casi no articularon palabras, se divisaban luces en la orilla de la isla cada vez más lejana, hogueras en las playas repletas de falangistas que seguían con las detenciones, agrupando hombres y mujeres para arrojarlos al mar dentro de sacos, atados de pies y manos, repletos de piedras.

Al cabo de varias horas de viaje Alberto le contó cómo había escapado de la persecución escondido varias semanas en Tamadaba, sobreviviendo con las sardinas saladas y el agua que destilaban los pinos, historias tan comunes, unos destinos unidos por la miseria del tiempo.

La voz de la muchacha le relajaba, era como un sedante en medio de la destrucción y la sangre, se fueron acercando, primero sus manos que se rozaron y decidieron agarrarse, acariciarse los dedos, Alberto usó la manta para refugiarse del viento, unirse todavía más, acurrucarse uno contra el otro, como buscando una protección maternal, infantil, ella olía a flores, a sudor, a un perfume irreconocible, el aroma de la clandestinidad, de muchos días evadida entre la hierba y la fragancia de la inmaculada laurisilva.

Sus labios se tocaron, un beso cálido, dos lenguas suaves buscando viajar a ese lugar remoto donde reside la ternura, la piel erizada, no se escuchaba nada, solo el mar, el canto de las pardelas que buscaban la seguridad de la costa para llevar comida a sus crías. El hombre y la mujer se acoplaron, no se conocían, pero se conocían desde siempre, solo sentían el temblor, el sabor de unas bocas ansiosas de libertarias madrugadas.

Ella recorrió su cuerpo bajo la camisa blanca abotonada hasta el cuello, el botón de luto por la vieja muerta hacía varios meses, el sintió unos pechos suaves, pequeños, con pezones turgentes, como la frágil piel del invierno en sus manos, un vientre vacío de comida, repleto de sueños, los ronquidos de aquellos hombres rendidos, las pesadillas del chiquillo, un llanto silencioso, inaudible, no interrumpieron aquel ritual mágico. Se amaron durante horas, como quien busca refugio en otro cuerpo, penetrar en el mundo de la fantasía, sintieron que se habían buscado desde que nacieron, el miedo se convirtió en dulzura, la sensibilidad de dos cuerpos unidos que casi no hacían ruido mientras viajaban por cada centímetro de sus desconocidas geografías, acostumbrados a huir, a refugiarse en rincones inimaginables, no respirar, gemir como cantan los pájaros silenciosos de la noche acabaron por dormirse, abrazados, un estrujón de ropas y olores, una mezcla de tabaco Virginio, ron de caña, colonia de lavanda y la sal, el salitre, en unos labios enrojecidos por la travesía del placer infinito.

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El buque Stanbrook con los republicanos en el puerto de Orán (Argelia) en 1937. 

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