martes, 28 de junio de 2016

En la casa encantada

Las gotas caen en la ventana y es casi julio, desolado verano en estas islas perdidas, donde el viento enmaraña las hojas al viento del recuerdo, triste reminiscencia de cuando todos todavía estaban vivos, cuando la casa estaba repleta de gente en aquellas tardes de helados, fútbol, charlas y risas.

No sabíamos apreciar lo que teníamos, ni siquiera habían nacido las que ahora viven lejos de mi vida, quizá se presentían en las noches silenciosas, cuando se fraguaba este pequeño instante en que existimos, un breve recorrido donde no da tiempo a darse cuenta de que estamos en la gran masa estelar, en un rincón antiguo del universo, allá donde un día habitó el murmullo del infinito.

Ahora la vieja casa está casi vacía, a veces en mi soledad se escuchan voces, remotos sonidos, bromas, besos y palmas, carcajadas conocidas, reconocibles en kilómetros de angustia, en millones de años y lágrimas.

Me asomo a la ventana de la casa de madera, el viejo jardín, los árboles, la araucaria gigante, no hay nadie, solo los pájaros cantando, el mirlo que viene cada mañana, muy temprano, cada tarde, anocheciendo para bañarse en los bebederos, para luego partir entre un silbido vertiginoso, como quien viaja desesperadamente a otro tiempo remoto, cuando no había casas, ni coches, ni humanos.

Seguramente tenía que haberme marchado hace tiempo de aquí, irme lejos, volar al otro lado del mundo, dejar que las enredaderas se comieran cada tabique de piedra blanca de cantera, que los dragos se abrazaran a la vieja higuera, se fundieran en un solo ser monstruoso, repleto de flores y frutos de agosto.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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