jueves, 2 de junio de 2016

Donde solo habita el misterio

Desde Telde no era fácil subir por La Breñas hasta Cazadores, sobre todo cuando llevaban detrás a la Guardia Civil y a las criminales hordas falangistas. De todas formas Felipe Martel, el conocido pastor de cabras de Lomo Magullo y su esposa, embarazada de siete meses nacida en Tara, María Florido, no paraban de caminar, casi correr, por aquellos parajes casi mágicos, donde los cardones gigantes y los acebuches centenarios parecían darles el oxigeno necesario para avanzar, para tratar de meterse en la Caldera de los Marteles, internándose en el oscuro y frondoso bosque de pinos.

“Pipe” como le llamaba su gente más cercana, llevaba una pistola en el bolsillo de su chaqueta gris, desde un principio no quiso huir, quería enfrentarse a los criminales. Su enorme amistad con Juan del Peso, Juan García “El Corredera” y el deportista y bregador, José Rodríguez, más conocido como, Faro de Maspalomas, le confería un aire de luchador hasta el final, sin miedo, guerrillero incombustible, capaz de enfrentarse a la muerte con total tranquilidad, si era en defensa de una causa tan justa, como la defensa de la legalidad constitucional republicana.

Lo único que le impedía resistir hasta el final era el avanzado estado de gestación de lo que más quería en el mundo, sabía que si los detenían ella sería violada y asesinada por los falanges, policías y militares fascistas, como siempre hacían en cualquier finca apartada del Conde de la Vega, los caciques ingleses del tomate o el propio criminal Eufemiano el tabaquero.

A Felipe no le importaba morir, era un luchador incombustible, el amor por María le hacía emprender esa evasión a ninguna parte, subir montañas hasta vomitar de cansancio, tratar de llegar al bosque profundo, donde gobierna la magia, para intentar pasar unos meses resguardados por la fragancia  natural y el canto avizor de los pájaros.

Atravesaron la profunda caldera en plena noche, en la carretera de la cumbre se apreciaban luces de coches y camiones cargados de fascistas, antorchas, candiles, por un momento llegaron a pensar que los habían visto, pero siguieron, Pipe sacó la pistola, se la colocó en el cinturón junto al cuchillo canario, antes de ser capturados se quitarían la vida, ya lo había pactado con María, jamás permitirían que los abusos sexuales de aquella gentuza mancharan la bondad de aquella mujer noble y tranquila, amante de los buenos libros de filosofía y maestra de los niños más desfavorecidos del masacrado municipio del suroeste, donde hasta su propio alcalde, José Tejera, junto a cientos de vecinos más, ya habían sido arrojados a la siniestra chimenea volcánica de la Sima de Jinámar, y a los pozos de las fincas del Maipez de los Ascanio y la Noria de los Del Castillo.

Como seres invisibles atravesaron la barrera de hombres armados, Pipe con el dedo en el gatillo, María casi arrastrándose muy mareada y destrozada, incluso pareció que uno de los falangistas, el joven, Teodoro Galindo, vecino de Telde, hijo de Mariquita Torres, los miró por un momento sin decir nada, como si quisiera que escaparan al ver la barriga de la pobre mujer, recordar los intensos y competidos partidos de fútbol con Pipe en la playa de Melenara.

Dejaron atrás el ruido de botas, motores y el sonido de los máuser en el momento de cargarlos, se internaron en el bosque mientras caía una llovizna fría y la niebla los resguardaba de los enormes focos, de las linternas que trataban de alumbrar el recinto sagrado de lo imposible, donde solo habita el misterio.

Cuando se sentaron a comerse las sardinas saladas y el pan de Guayadeque con queso de cabra los dos se miraron a la cara, Pipe estaba muy pálido, la ropa mojada de sudor, María no podía más, vomitaba cada momento, los dos se abrazaron por un instante eterno, no dijeron nada, solo se escuchaba el canto de las lechuzas, de los búhos chicos que comenzaban su jornada nocturna y depredadora. Pipe acariciaba la barriguita de su amada, ponía el oído para escuchar las pataditas de Braulio, así se durmieron bajo el recodo de la inmensa piedra, un roque perdido en la inmensidad del bosque de Las Nieves, durmieron durante horas, era solo el comienzo de una aventura interminable.

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Criminales fascistas en Canarias

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