martes, 14 de junio de 2016

Como animales sin rostro

La gaviota volaba alborozada cuando lo veía salir de la cueva donde estaba refugiado desde hacía tres años, allí en los acantilados del Andén Verde. El ave no olvidaba aquel fatídico día en que le salvo la vida, liberándola de la red que la sumergía implacable en el frío y profundo mar de la playa de El Risco de La Aldea.

Se le posaba en la mano emitiendo cantos de felicidad, lo miraba con ojos burlones, su pico amarillo y afilado parecía sonreír de alegría. En el fondo de la cueva guardaba las banderas rojinegras de la CNT y la FAI, la pistola con el gatillo roto, los libros subrayados. Seguía esperando Ramón Acosta el momento de salvar la vida de la persecución fascista, navegar hasta la inmensa libertad de la adorada Venezuela.

Decidió bajar a marisquear el ave lo acompañaba, volaba lenta, planeaba sobre el inmenso abismo, el hombre trataba de meterse entre la vegetación de cardones y tabaibas para no ser visto por nadie desde el mar, hacía meses que veía barcos de guerra españoles y alemanes, barquillas pesqueras alumbradas por antorchas y cargadas de hombres que eran arrojados al mar dentro de sacos de plátanos, según le habían dicho atados de pies y manos, con piedras dentro para que jamás salieran a la superficie.

Desde su caverna casi infranqueable podía escuchar los gritos antes de arrojarlos a las profundidades marinas, voces jóvenes, algunas de personas mayores, voces conocidas comola de Carlos Fonte el maestro de escuela de Galdar, la de María “la de las flores”, la muchacha comunista de Sardina del Norte, los alaridos de muchos seres desconocidos, llantos que atravesaban el mar, que estaba seguro llegaban más allá de las montañas que lo protegían, hasta los Altos de Tamadaba o al propio y mágico Risco de Faneque, donde el tagoror aborigen aparecía desolado, como un espacio gris de tristeza, desde que los castellanos masacraron al pueblo indígena que habitaba la isla de Tamarán.

En la costa abundaban los mejillones, las lapas, algún cangrejo que lograba capturar junto a los pulpos, con eso le bastaba, casi ni comía, desecaba todo en la entrada con la misma sal marina de los charcos, bebía el agua de un pequeño manantial de agua fresca y pura que salía de las rocas, donde venían a beber cada día las palomas bravías y los cernícalos, a veces las águilas cuando bajaban de las cumbres en invierno.

Su cuerpo moreno y flaco, casi piel y hueso. Había perdido el hambre desde la misma noche que los falangistas asesinaron a toda su familia, a sus compañeros de sindicato, a su mujer, la tinerfeña Candelaria Fumero, antigua Miss Tacoronte, capturada en su misma casa, para luego sufrir todo tipo de torturas y vejaciones sexuales de los hombres del cacique inglés dueño de las tierras del norte, hasta el verdugo de Tenoya y la gente de la “Brigada del amanecer” de Eufemiano participaron en la salvaje violación múltiple, la brutal carnicería previa al brutal asesinato.

Todos esos pensamientos desgastaban al pobre Ramón, una mezcla de odio y rabia, de impotencia, de infinita desazón, más de una vez a punto de lanzarse al vacío, pero algo lo aferraba a la vida, quizá la conciencia, las ideas revolucionarias, anarquistas, libertarias, las ganas de cambiar el mundo a pesar de ese inmenso dolor que le atravesaba el alma como una daga emponzoñada.

Aquella misma tarde regresó a su particular agujero de la muerte, en el fondo lo esperaba el camastro de piedra, las viejas mantas del abuelo Cho Pedro que todavía olían a la fragancia del cálido hogar, a leña y flores de romero del huerto de la tía Leonor.

Se tumbó mirando hacia el techo, varios perenquenes parecían recrearse en el frescor de los sueños más negros, la gaviota se quedó fuera acurrucada en el filo del risco, viendo como varias barcazas de falangistas y guardias civiles desembarcaban en la arena negra de la playa, Ramón dormía profundamente, los sueños extraños habían vuelto, animales sin rostro que lo perseguían, voraces monstruos que salían de la oscuridad, un tintineo veloz en lo más profundo de la selva Doramas. 

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Risco del Andén Verde (Isla de Gran Canaria)

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