miércoles, 11 de mayo de 2016

Herrixka heroiak (*)

El viejo y barbudo, Iñaki Gorri, se había venido en los años 20 a trabajar en los tomateros del sur de la isla de Tamarán, luchador incansable en su heroica tierra natal, fue detenido la misma noche del golpe de estado del 36, lo fueron a buscar a su humilde casita de los Llanos de María Rivera.

Nunca imaginó que su participación en las huelgas agrícolas, en las movilizaciones contra el brutal caciquismo de la oligarquía canaria tuviera tan graves consecuencias. Lo pensaba mientras se veía colgado por las piernas en el centro de detención de la calle Luis Antúnez en Las Palmas, mientras el falangista, Carlos Grote Bento, le golpeaba salvajemente todo su cuerpo con la afilada vara de acebuche.

Acostumbrado a los trabajos extremos en su amada Euskal Herria, antiguo levantador de piedras, boxeador, corredor, cortador de troncos, leñador, sabía como aguantar el dolor, no quería darle el gusto a su torturador de venirse abajo, ni siquiera de llorar, solo articulaba algunas palabras en euskera que el asesino fascista no entendía, lo que aumentaba su ira, el ritmo frenético de los golpes con una inquina que solo podía venir de un psicópata.

Desde su incomoda posición solo alcanzaba a verle parte de la cara al criminal, sus ojos ensangrentados de odio al ver como no se quejaba, como no decía nada y hasta en algunos momentos se reía, canturreaba casi susurrando, seguía hablando consigo mismo en su lengua ancestral.

El hilo de pitera se le clavaba en los tobillos, la carne se le abría con el peso de su desgastado cuerpo, la barba roja de sangre, la espalda y sus genitales cortados por los fuertes latigazos del esbirro falangista.

Iñaki Gorri resistía, sabía que no había salida, que solo le esperaba la dulce oscuridad, esa de la que no se sale nunca cuando cerramos los ojos para siempre.

En las habitaciones contiguas se escuchaban gritos, aullidos como de animales salvajes heridos en las entrañas de su alma. Hombres y mujeres que estaban siendo masacrados, torturados hasta la muerte. El centro de detención era un infierno del que solo se salía muerto, pero el viejo gudari resistía el dolor, prefería morirse de sufrimiento, no hablaba, no daba ningún nombre de sus camaradas de partido, del Frente Popular, ni un dato, ni una calle, ni siquiera una pista sobre los escondites en las montañas de la cumbre y el barranco Guiniguada, donde todavía quedaban compañeros agazapados, metidos en la oscuridad de las cavernas aborígenes, esperando el momento de escapar, de organizar un foco de resistencia imposible por no tener armas, quizá sencillamente esperar el momento de la captura, de ser detenidos, maltratados, arrojados a las simas, fosas comunes y pozos que inundaban las entrañas de la isla de buena gente luchadora.

El verdugo, Grote Bento, llegó a la conclusión de que no lograría sacarle ninguna información, en ese momento comenzó a golpearle con más fuerza, la sangre y las visceras salpicaban las sucias paredes. El viejo se sintió morir, gritó unas palabras en su legendaria lengua.

-Gora Euskadi Askatuta! Gora langile glasearen! –Se hizo el silencio en todo el recinto-

En ese preciso instante vio la cara confundida del fascista, su rostro frustrado, como asustado. Cerró los ojos, decidió partir, observando unos montes muy verdes, acantilados fronterizos con Nafarroa, fueron segundos antes de no sentir dolor, algo así como dejarse llevar por la brisa del tiempo infinito de los inolvidables héroes del pueblo trabajador.

(*) Héroes del pueblo.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Gudaris resistiendo el golpe fascista de 1936 en Euskal Herria

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