martes, 17 de mayo de 2016

El odio y el sagrario

“Doña Carmen”, como la llamaban algunos, se dirigió a los escasos vecinos de las viviendas del Patronato Francisco Franco que accedieron a su patético encuentro, para pedirles que no votaran por los, según ella, “peligrosos bolivarianos” de Podemos, por “los marxistas” de Izquierda Unida, por “los radicales y extremistas” del Partido Comunista del Pueblo Canario. La inculta y barriobajera ultraderechista miembro del Partido de la Gürtel en su verborrea barriobajera, gritaba, atacaba sin cesar, enarbolaba el terrorismo de una organización armada que ya había desaparecido, el desgastado y surrealista “todo es ETA” de la banda de los sobres.

Resultaba inevitable pensar que seguía manteniendo oscuros vínculos con algunos de sus más fieles lacayos, los coleguitas que diría su buena amiga Barberá, los de  los buenos tiempos de la represión y la persecución de las ideas entre 2013 y 2015, los que la ayudaban a ir de puerta en puerta pidiendo el voto, captando las opiniones de la buena gente humilde, ciudadanos sin trabajo, al borde la exclusión social, de la pobreza extrema que habitaban aquel pequeño suburbio, donde los niños y niñas seguían sufriendo tuberculosis.

Usaba a su tribu de esbirros, a sus esbirras para hacer bulto en las inauguraciones, en las ruedas de prensa cuando venía el alcalde, un tipo triste, calculador, frío, que siempre olía a una mezcla de humedad y perfumes caros caducados, antiguo miembro de la organización terrorista de tendencia fascista “Fuerza Nueva”, ahora reconvertido, como todos los de su partido en “demócrata de toda la vida”, el perfecto maromo enemigo de la recuperación de la memoria democrática, con la que mantenía constantes enfrentamientos con las familias que demandaban justicia y reparación con las víctimas del genocidio franquista en las islas.

Ahora la esperpéntica concejala se veía sin nada, “en la puta oposición”, como solía decir, fruncía el ceño los días que no se confesaba o tomaba la comunión, arrodillándose en la iglesia para hacer acto de constricción, mientras pasaba por su mente toda la maldad que había generado, el daño ponzoñoso a personas honradas y decentes, un remordimiento pasajero que al disolverse la hostia en su boca parecía hacerla sentirse mejor, como curada de sus horrendos pecados, de las barbaridades que cometía con “sus trabajadores” como solía llamarlos, en un tono de propiedad, de esclavitud, del caciquismo ancestral y derecho de pernada, el que vivió de joven en su pueblo del norte de la isla, en una familia que callaba, pero compartía la represión del franquismo sobre algunos vecinos, los que defendieron la democracia. Ella les llamaba “rojos”, no concebía que hubiera personas dispuestas a entregar las mejores horas de su vida a luchar por un mundo mejor sin cobrar un sueldazo, una pensión vitalicia, cualquier pelotazo habitual en su corrupto partido.

La triste cotidianeidad de una reaccionaria sin poder, buscando fallos en la izquierda gobernante, agarrándose a los clavos ardiendo de su inmensa mediocridad, echando espuma por la boca ante los homenajes a los asesinados por el franquismo, pero sin atreverse a criticarlo, siguiendo consignas del corrupto presidente, evitar enfrentamientos sobre memoria hasta después de las elecciones de junio.

La doña, la miserable doña, siguió recorriendo los escasos barrios donde todavía algún comemierda la recibía con los brazos abiertos, esperaba recuperar el pasado, la imposible levedad de aquellos tiempos donde tuvo poder para machacar derechos, pisotear, humillar, masacrar las vidas de las personas honestas, víctimas del terrorismo de estado de un gobierno podrido de odio.

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