lunes, 30 de mayo de 2016

El corazón del alba

En la hacienda de Don Pedro Rivero era obligado tener un comportamiento impecable, el cacique le exigía trabajar de sol a sol, limpiar de forma constante, preparar la comida, limpiarle el culo a su vieja madre cuando se hacía sus necesidades, además de mantener relaciones sexuales con un personaje que le resultaba repulsivo, sentía mucho asco, pero el viejo sabía cómo chantajearla al ser un miembro destacado de Falange en Tamaraceite.

Desde un principio Manuela Travieso tuvo que acatar las exigencias del cacique, su hermano estaba preso en el campo de concentración y exterminio de El Lazareto en Gando, su militancia en el Frente Popular tenía su vida constantemente pendida de un frágil hilo. El fascista usaba ese argumento:

-O jodes conmigo o esta madrugada tu hermano Juanjo desaparece para siempre.

La muchacha de no más de diecisiete años se dejaba tocar por las manos pegajosas del amo, le levantaba el vestido, le chupaba los pechos, hasta que la poseía durante horas sin que ella se inmutara, sin notar placer, solo ganas de vomitar, asqueada de aquel personaje cuyo cuerpo olía a orines, humedad y sudor, mezclado con un perfume caro que se le incrustaba en la piel y aunque se bañara, se restregara con el estropajo de la loza, no había forma de erradicarlo, de eliminar cualquier resquicio de aquellos momentos terribles, de violencia extrema, cuando el fascista la violaba sin que sus lamentos y gritos de dolor fueran escuchados por nadie.

Una mañana de abril se acercó al campo de exterminio con su madre y su abuela, andando desde Tamaraceite hasta Telde, para luego bajar la ladera hasta El Carrizal. Un militar de guardia les dijo que Juanjo ya no estaba allí, al ver sus caras extrañadas, horrorizadas, les comentó que lo habían soltado, que si no había vuelto a casa quizá se hubiera ido para Venezuela como hacían tantos presos.

Las tres mujeres salieron desconcertadas, no entendían nada, hasta que llegando a una pequeña tienda de aceite y vinagre en la dura subida hacia Ingenio se les acercó un hombre mayor, los ojos llorosos, la cara muy arrugada, muy flaco, con los brazos repletos de cicatrices.

-No digan nada mis hijas, yo estaba con Juanito en el mismo barracón hasta hace dos semanas, me soltaron porque tengo Mal de San Vito y ya estoy muerto, al chiquillo se lo llevaron para matarlo y desaparecerlo, según le escuché al Capitán Samsó y al hijo del Conde de la Vega, lo tiraron por la Mar Fea dentro de un saco con piedras dentro.

Las mujeres se abrazaron una a la otra, un abrazo largo, un llanto silencioso para no levantar sospechas, pasaba una camioneta cargada de falangistas que las miraba curiosos. El anciano se quedó quieto azotado por el viento, la barba cana, el pelo blanco largo, que le llegaba por los hombros, también por sus ojos brotaban lágrimas.

Manuela comenzó a vomitar y le dolía mucho el vientre, la acostaron bajo una higuera centenaria, salía mucha sangre de su vagina, un ser informe en la mano de su madre, una especie de monstruo de reducidas dimensiones, caliente, inmóvil, pero que parecía observarlas.

La muchacha comenzó a aullar como un animal herido cuando vio lo que hubiera sido su futuro bebé, los restos, lo que había quedado de los abusos de Don Pedro el dueño de parte de las tierras de la Vega de San Lorenzo. Allí mismo lo enterraron abriendo un agujerito en la base del tronco, donde manaba agua grisácea y olía a romero.

Ya en Tamaraceite al día siguiente la chica no fue a trabajar,  a media mañana el terrateniente mandó a Carlos Trujillo, su mayordomo y asistente, a buscarla, para que se presentara urgentemente en su puesto de criada. El esbirro vestido de Falange con correajes y pistola golpeaba la puerta, nadie respondió, solo Adita la vecina le dijo que no había nadie, que se habían marchado aquella misma madrugada, que llevaban muchos bultos de ropa y enseres hacia un destino desconocido.

Esa misma tarde la joven Manuela veía perderse en el horizonte su isla amada, como su madre y su abuela la despedían en el muelle cuando partía destino a La Habana, a casa del padrino de bautizo, Cosme Tejera, huyendo de la esclavitud sexual y el maltrato de aquel psicópata asesino.

El horizonte era rojo, la chica lloraba y sentía en su pelo la brisa marina de la libertad desconocida, las pardelas parecían volar acompañando el exiguo barco, se tocaba la barriga, le dolía en lo más adentro, en las entrañas del sueño, allí donde jamás se olvida y se repara el corazón del alba.

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